En busca del orden perdido

piedra para que se asentasse y que quando biene es como un biento fuerte y grande (Duviols 1973: 156). En pueblos como Ocros y Lampas (Cajatambo), en 1619 se recoge una tradición en donde, al igual que en Guaman Poma, se habla de Huariviracocha y está descrito «como un gran gigante, dios de aquella tierra... que tenía barbas» (Duviols 1973: 156). Dadas estas tradiciones que se entretejían alrededor de los huari es comprensible que nuestro cronista indio viese en ellas un medio para entroncar estos seres míticos con las especulaciones que, a la sazón, se hacían en torno al poblamiento de América. Además de atestiguar la existencia de habitantes semejantes a los españoles, la noción de huari tenía la virtud de aludir a los pobladores que eran oriundos de una determinada localidad, es decir aquellos que también recibían el apelativo de llactayoc o de pacarimoc. Estos eran los que habían surgido de las entrañas de la tierra a través de una cavidad, laguna u otro detalle geográfico ubicado dentro del perímetro de la localidad de donde se decían oriundos. El nombre dado a estos lugares era el de pacarina, como lo fue la famosa cueva de donde procedieron los hermanos Ayar. En relación a la tenencia de la tierra, ser oriundo constituía un criterio de gran importancia para reivindicar una condición de legítimo propietario más aún si lo que estaba de por medio eran áreas agrícolas. La asociación de los huari con la agricultura tenía la virtud de destacar una relativa inmovilidad de estos pobladores especialmente en relación a sus opuestos complementarios los llacuaz que, como veremos, adoptan un aire más móvil. Según Duviols, «El alcalde indio de Pimachi había ‘oido decir a sus antepasados que los dichos yndios llaquaces fue una nación que bibio siempre en las puna’ y que ‘se sustentaban de carne de guanaco y de llamas y tarucas’» (Duviols 1973: 166-167). Asimismo, añade que según Hernández Príncipe, «...los llacuaces afirmaban ser hijos del rayo...» (Duviols 1973: 167). Y, más adelante, agrega que se reconocían como oriundos del Lago Titicaca (Duviols 1973: 169), como también pudieron ser los incas desde el punto de vista del mito 313

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