primero, las edades son cinco, mientras que en el segundo cuatro; pero, siendo ambas tradiciones derivadas de la indoeuropea, comparten algunos rasgos en común. Uno de ellos, destacado por el célebre historiador de las religiones Mircea Eliade para ejemplificar el «terror a la historia» presente en muchas culturas, es el de exhibir una secuencia que va de lo positivo a lo negativo o de la perfección a la degeneración (Eliade 1959). Consecuentemente, el presente es mostrado como una condición degradada inexorablemente permitiendo explicar y, al hacerlo, ayudar a soportar los avatares que tiene que enfrentar la humanidad nada más que por situarse en la historia. Que en América una concepción del tiempo de esta naturaleza también existió, lo muestran evidencias que no solo derivan del contacto con los europeos, sino desde mucho antes que este se produjera. Estas últimas son principalmente restos materiales, a los que se añaden documentos post hispánicos mesoamericanos basados en relatos de indígenas, como son principalmente los acopiados por Bernardino de Sahagún o Diego Durán y los que figuran en una multiplicidad de fuentes escritas. La presencia de este tema en muchas fuentes no es más que la consecuencia del rol central que ocupó entre las culturas que florecieron en esta parte de América. Como bien señala Wayne Elsey: «…el ‘mito de los soles’ funcionó como un paradigma estructural o modelo que relacionaba la organización del espacio, del tiempo, la cosmología, los calendarios, la actividad ritual y las creencias escatológicas a la secuencia de actos y acontecimientos divinos que definían la historia del mundo…» (Elsey 1976: 116; la traducción es nuestra). No se trata, pues, de un tema más en la cultura de los mexica, sino de uno que es absolutamente central al conjunto de su religión, cosmología y vida social. La razón es que en él encuentra su explicación el origen del movimiento y los medios para impedir que se detenga, que fue una preocupación central entre los aztecas y punto de partida para rituales muy complejos que se celebraban cada cincuenta y dos años en los que los sacrificios de seres humanos tenían una posición destacada. A diferencia de los indoeuropeos cuyas edades seguían un ordenamiento secuencial, las de Mesoamérica no parecen encerrar este matiz, aunque hay 286
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