En busca del orden perdido

la tradición europea es la única instancia presente en su manera de organizar el tiempo? Con Emile Durkheim y su sobrino y discípulo Marcel Mauss concuerdo en que las categorías del pensamiento, aparte de ser sociales, son como el marco básico sin las cuales la realidad sería inaprensible. Como dice Robert Bocock (1995: 158): «Ellas proveen el marco más amplio bajo las cuales se organizan la vida cultural, el lenguaje compartido y las representaciones simbólicas de los grupos humanos». Partiendo de estas premisas, es mi parecer que más allá del manejo de estos conceptos importados subyacen a lo largo de la obra de Guaman Poma categorías temporales que le dan coherencia a su manuscrito y que estaban sustentadas en un sistema social y cultural que contaba con una larga tradición en el mundo andino. Se trata de categorías que debió manejar con tanta fluidez como lo debió hacer con la lengua quechua. Como vimos en el capítulo anterior, así como desconocía las razones sobre el origen de las palabras «indias» o «indios», o la ubicación y distancia de determinados países o hitos geográficos, así también le debieron quedar bastante distantes los cálculos que se hacían sobre la duración de la humanidad y otros conocimientos enmarcados en las premisas temporales traídas por los europeos. Comprendía muy bien que con la Conquista el espacio geográfico y social se había ensanchado. Habiendo ampliado sus horizontes con lecturas, viajes por distintas partes del Perú, tratos con distintos actores sociales, Guaman Poma no era ni mucho menos un típico indígena que podía pensar que los confines del mundo terminaban en los límites de su entorno social inmediato. Asimismo, debió familiarizarse con los nuevos criterios de medición de distancias y debió de manejarlos muy bien para calcular la separación entre puntos que le eran conocidos. Señalar que entre la ciudad del Cuzco y Xaquijahuana la distancia era de seis leguas (Guaman Poma 2001: 427 [429]) entraba dentro de lo plausible, pero calcular mayores distancias como la existente entre España y América ya le resulta más difícil. Su solución al respecto es ajustarse a una cifra que la vuelve invariable en determinados contextos. Se trata de «setecientas leguas». La primera vez que aparece es en la página 46 [46] cuando, como título de 283

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