En busca del orden perdido

Perú es apasionado de esta plaga, notaron que los temblores eran mayores que los ordinarios y que caían muchos cerros altos. De los indios de la costa supieron que la mar, con sus crecientes y menguantes, salía muchas veces de sus términos comunes; vieron que en el aire se aparecían muchas cometas muy espantosas y temerosas. Entre estos miedos y asombros, vieron que una noche muy clara y serena tenía la Luna tres cercos muy grandes: el primero era de color de sangre; el segundo, que estaba más afuera, era de un color negro que tiraba a verde; el tercero parecía que era de humo. Un adivino o mágico, que los indios llaman llaika, habiendo visto y contemplado los cercos que la Luna tenía entró donde Huaina Cápac estaba, y con un semblante muy triste y lloroso, que casi no podía hablar, le dijo: ‘Solo Señor, sabrás que tu madre la Luna, como madre piadosa, te avisa que el Pachacamac, criador y sustentador del mundo, amenaza a tu sangre real y a tu Imperio con grandes plagas que ha de enviar sobre los tuyos; porque aquel primer cerco que tu madre tiene, de color de sangre, significa que después que tú hayas ido a descansar con tu padre el Sol, habrá cruel guerra entre tus descendientes y mucho derramamiento de su real sangre, de manera que en pocos años se acabará toda, de lo cual quisiera reventar llorando; el segundo cerco negro nos amenaza que de las guerras y mortandad de los tuyos se causará la destrucción de nuestra religión y república y la enajenación de tu Imperio, y todo se convertirá en humo, como lo significa el cerco tercero, que parece de humo’. El Inca recibió mucha alteración, mas, por no mostrar flaqueza, dijo al mágico: ‘Anda, que tú debes de haber soñado esta noche esas burlerías, y dices que son revelaciones de mi madre’. Respondió el mágico: Para que me creas, Inca, podrás salir a ver las señales de tu madre por tus propios ojos, y mandarás que vengan los demás adivinos y sabrás lo que dicen de estos agüeros. El Inca salió de su aposento, y, habiendo visto las señales, mandó llamar a todos los mágicos que en su corte había, y uno de ellos, que era de la nación Yauyu, a quien los demás reconocían ventaja, que también había mirado y considerado los cercos, le dijo lo mismo que el primero. Huaina Cápac, porque los suyos no perdiesen el ánimo con tan tristes pronósticos, aunque conformaban con el que él tenía en su pecho, hizo muestra de no creerlos, y dijo a sus adivinos: ‘Si no me lo dice el mismo Pachacámac, yo no pienso dar crédito a vuestros dichos, porque no es de imaginar que el Sol, mi padre, aborrezca tanto su propia sangre que permita la total destrucción de sus hijos’. Con esto despidió a los adivinos; empero, considerando lo que le hablan dicho, que era tan al propio del oráculo antiguo que de sus antecesores tenía, y juntando lo uno y lo otro con las novedades y prodigios que cada día aparecían en los cuatro elementos, y que sobre todo lo dicho se aumentaba la ida del navío con la gente nunca vista ni oída, vivía Huaina Capac con recelo, temor y congoja; estaba apercibido siempre de un buen ejército escogido, de la gente más veterana y práctica que en las guarniciones de aquellas provincias había mandó hacer muchos sacrificios al Sol; y que los agoreros y hechiceros, cada cual en sus 263

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