que no se dejaban entender. Dicen los indios que como este Inca, después del sueno del fantasma, quedase hecho oráculo de ellos, los amautas, que eran tos filósofos, y el Sumo Sacerdote, con los sacerdotes más antiguos del templo del Sol, que eran los adivinos, le preguntaban a sus tiempos lo que había soñado, y que de los sueños y de los cometas del cielo y de los agüeros de la tierra, que cantaban en aves y animales, y de las supersticiones y anuncios que de sus sacrificios sacaban, consultándolo todo con los suyos, salió el Inca Viracocha con el pronóstico referido, haciéndose adivino mayor, y mandó que se guardase por tradición en la memoria de los Reyes y que no se divulgase entre la gente común, porque no era licito profanar lo que tenían por revelación divina, ni era bien que se supiese ni se dijese que en algún tiempo habían de perder los Incas su idolatría y su Imperio, que caerían de la alteza y divinidad en que los tenían. Por esto no se habló más de este pronóstico hasta el Inca Huaina Cápac, que lo declaró muy al descubierto, poco antes de su muerte, como en su lugar diremos (Garcilaso 1960: 272, lib. V, cap. XXVIII). Páginas más adelante, al referirse a este undécimo Inca, Garcilaso vuelve sobre este tema y el informe que recibe de los indígenas sobre este fin inminente no deja ninguna duda sobre los sentimientos de cataclismo que la Conquista despertó en ellos. Hablando sobre cómo percibió Huayna Capac la noticia de la llegada, a las orillas de su Imperio, de embarcaciones desconocidas portando gente extraña, nos dice que le dio mucho cuidado, imaginando en un antiguo oráculo que aquellos Incas tenían que, pasados tantos Reyes, hablan de ir gentes extrañas y nunca vistas y quitarles el reino y destruir su república y su idolatría; cumplíase el plazo en este Inca, como adelante veremos. Asimismo es de saber que tres años antes que aquel navío fuese a la costa del Perú, acaeció en el Cuzco un portento y mal agüero que escandalizó mucho a Huaina Cápac y atemorizó en extremo a todo su Imperio; y fue que, celebrándose la fiesta solemne que cada año hacían a su Dios el Sol, vieron venir por el aire un águila real, que ellos llaman anca, que la iban persiguiendo cinco o seis cernícalos y otros tantos balconcillos, de los que, por ser tan lindos, han traído muchos a España, y en ella les llaman aletos y en el Perú huaman. Los cuales, trocándose ya los unos, ya los otros, caían sobre el águila, que no la dejaban volar, sino que la mataban a golpes. Ella, no pudiendo defenderse, se dejó caer en medio de la plaza mayor de aquella ciudad, entre los Incas, para que le socorriesen. Ellos la tomaron y vieron que estaba enferma, cubierta de caspa, como sarna, y casi pelada de las plumas menores. Diéronle de comer y procuraron regalarla, mas nada le aprovechó, que dentro de pocos días se murió, sin poderse levantar del suelo. El Inca y los suyos lo tomaron por mal agüero, en cuya interpretación dijeron muchas cosas los adivinos que para semejantes casos tenían elegidos; y todas eran amenazas de la pérdida de su Imperio, de la destrucción de su republica y de su idolatría; sin esto, hubo grandes terremotos y temblores de tierra, que, aunque el 262
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