En busca del orden perdido

Esta reinterpretación del pasado indígena no podría haberse dado en un cronista del siglo XVI, pues habría roto con los principios de un ordenamiento lineal de los acontecimientos a los que ellos se suscribían; sin embargo, esto era posible en Guaman Poma ya que el valor que otorga a su esquema cronológico es básicamente simbólico y no surge de los acontecimientos (Ossio 1973b: 99). De esta manera, el hecho de que el mundo indígena que le es contemporáneo suceda al incaico carece totalmente de importancia para su fin de defenderlo ligándolo a las edades de indígenas que considera como legítimas. Por lo tanto se permite incluirlo dentro de la cuarta edad. Esto último se desprende cuando al referirse a la cuarta edad, Auca Runa, menciona a los representantes de los cuatro suyus (que para Guaman Poma simbolizan la unidad del mundo indígena) y a continuación a sus respectivos descendientes, los que son prolongados hasta la época que le es contemporánea. Más aún, esta percepción simbólica de las edades se advierte también al representar a las cuatro primeras edades como una unidad con respecto a la de los incas, otorgándoles una duración simbólica de 5.000 años (que es la que se asignaba generalmente para todo el mundo andino) a los primeros, y de 1.500 años a los segundos (Ossio 1973b: 97). Como consecuencia de todo este razonamiento, y ante el hecho empírico de que los incas precedieron al presente de Guaman Poma y que, por lo tanto, eran también parte del mundo indígena, nuestro cronista los tratará de una manera ambivalente. Así, desde el punto de vista de la estructura quinaria de las edades del mundo indígena, los incas aparecen como parte de este. Pero desde el punto de vista de la duración, que también es quinaria (5.000 años), los incas aparecen fuera. Por otra parte, los incas son tratados como idólatras, pero también dirá que respetaron los mandamientos y que durante su época aparecieron algunos apóstoles de Cristo. Finalmente, los incas serán desdoblados, con sus mismos atributos, en verdaderos y falsos, incluyendo a los primeros en las cuatro primeras edades, mientras que a los segundos los reduce a la quinta edad (Guaman Poma 2001: 80 [80]-82 [82]). Por último, siguiendo este raciocinio, llega a decir que también los españoles fueron idólatras pues adoraron a Júpiter y al Becerro (Guaman 228

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