momento. Uno de ellos es el de la relación que guarda la Nueva Corónica con los quipus, dada la presencia de numerosos patrones decimales en la organización del material, y por el evidente vínculo que trata de mostrar el autor con personajes que representa con estos instrumentos numéricos y nemotécnicos (Ossio 1970: 46-64; 1977: 54). Rosario Navarro Gala (2003), gracias a una sólida formación en lingüística y en estudios sobre la lengua quechua, ha logrado llenar un vacío que comenzó a visualizar Raúl Porras Barrenechea en un célebre estudio publicado en 1948 que usé en mi referida tesis. Tiene que ver con la redacción del español por parte de Guaman Poma. Así como cuando los portugueses, al referirse a que no hablan bien el español, dicen que el idioma que emplean es el «portuñol», del mismo modo también podríamos decir que el español de nuestro cronista indio es una especie de «quechuañol». De que efectivamente es así, porque el español con que se expresa tiene una sintaxis y muchas veces una fonética quechua, lo demuestra fehacientemente esta investigadora española.3 Por tanto, contra los que piensan que detrás de la Nueva Corónica se escondía un autor mestizo como Blas Valera, el minucioso análisis de esta investigadora no deja duda de que el español empleado a lo largo de las páginas es el de un indígena quechuahablante, que si bien delata cierto dominio de una jerga clerical y jurídica, la misma está dominada por una oralidad de la que se han percatado varios investigadores. Uno de ellos —citado por esta autora — es el crítico literario Julio Ortega, cuando dice: «No cabe duda sobre el carácter oral de la escritura [de Guaman Poma] y no solo por su naturaleza fonética: Guaman Poma escribió el español no de acuerdo con las reglas prosódicas y ortográficas, sino de acuerdo con la pronunciación; escribió en español hablado por un indio, es decir, de acuerdo con la escritura fonética del quechua» (Navarro 2003: 10, nota 18). Siguiendo con los estudios sobre la oralidad en el español de la Nueva Corónica, debo mencionar a José Cárdenas quien, con gran perspicacia, repara en la falta de equivalencia con la fuente original en ciertas citas que recoge de algunas obras entre las que se cuentan la Chronografía de Hieronimo de Chaves (1580), el Catecismo de 1584 (1985) y el Symbolo Catholico Indiano de Fr. Jerónimo de Oré (1992). Al comparar pasajes 13
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