innovaciones introducidas por Zuidema y Murra a los estudios del pasado incaico, mientras que el segundo (Ossio 1966) abordó las mismas preocupaciones iniciales que me llevaron a reseñar el libro de Brundage. Al no haber encontrado en los estudios de historia que seguía en la Universidad Católica los marcos de referencia adecuados para abordar el tema de la actitud de los incas ante el pasado —y estimulado por las palabras de Murra— decidí matricularme en San Marcos para seguir antropología, a la vez que continuaba con mis estudios de historia. Estando por concluir ambas especialidades, la Casa de la Cultura, dirigida entonces por Fernando Silva Santisteban, me financió un corto trabajo de campo, de mes y medio, más o menos, para estudiar la visión del pasado de los q’eros de Paucartambo (Cuzco). Esta fue mi primera convivencia, un tanto prolongada, con un grupo campesino andino muy tradicional que era considerado como el último ayllu inca. Aunque mi formación como antropólogo todavía era incipiente, y me tuve que valer de un intérprete ajeno a la comunidad que quería estudiar, la experiencia e información que acumulé fue riquísima. Aparte de recoger infinidad de mitos, de observar la celebración de la Semana Santa, el sistema de cargos y las faenas comunales, me detuve en la selección que los q’eros hacían de determinados ciclos temporales que los ayudaban a pautar el tiempo. Uno de ellos, vinculado a la rotación de cultivos y a un modo peculiar de usufructuar la tierra, me sedujo particularmente. Se trataba de aquella división de las tierras de secano, donde se sembraban papas, en seis unidades llamadas «suertes» y que, a su vez interiormente, estas se fraccionaban en laymis o pequeñas parcelas que eran redistribuidas cada cierto tiempo entre los pobladores. Con los q’eros pude reparar en la peculiar tendencia de los pueblos ágrafos del Perú de transformar personajes y acontecimientos históricos en expresiones míticas. Todo q’ero, por ejemplo, recordaba al general Andrés Avelino Cáceres, pero cuando me lo describían lo contaminaban con la imagen de Santiago Apóstol. Para ellos, este personaje todavía seguía rondando en las afueras de los pueblos cabalgando en un corcel blanco y blandiendo una espada. El apelativo que le daban era el «tuerto Cáceres», pero en el imaginario colectivo él se presentaba casi como una divinidad. 10
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