El Recreo

~·~62¡===== = ==~E~L~R~E~C~R~EO~===========-- ~ La encantadora Dolores Siempre amores Ha tenido, Y si acaso- por descuido La besa alguno en la frente, Lo consiente. Pobrecita! Aunque tiene limpi'a el alma, Mancharla no siempre evits;l,._ Ines, la niüa preciosa Tan airosa! Tan cumplida! Es una hogue:i;:;i, encendida Que abrasa i;í, todo viviente~ No desmiente La niñita. Aunque tiene limpia el alma, Mancharla no siempre evita. A Elvira le dan patente De inocente Y recatada. Siendo de todos amada Se pasea solita el valle Y á la f¿alle Va solita. Aunque limpia tiene el alma, Mancharla no siempre evita. -Hasta H uancaro mamita Tan solita Yo no voy! Puede haber ladrones hoy! - Guarda niña, pudorosa Tu preciosa F lorecit a , Que si limpia tienes tu alma El mancharla siempre evita. Lucrecia la resadora Enamora Sin trabajo: Se cubre de arriba á bajo Y va asomando á poquitos ...... Y qué ojitos! Qué niúita! Mas teniendo el alma limpia Mancharla no siempre evita. Emilia fué al Rodadero, Muy ligero, Y ha perdido, Quizá por un gran descuido, Ltt prenda mas estimada. Desdichada Jovencita! Que si limpia tuvo el alma, Volvió con ella marchita. Cuántas niñas en el mundo Con p1~ofundo Sentimiento Dirán, acaso, que miento; Mas yo en casa muy quedito Me repito: La niñita Que limpia mantiene el alma E l mancharla siempre evita. Dario M. Pera. Mayo fJ de 1876. IADIOS URUBAMBA1 ¡Adios, Urnbamba, adios! Cualquiera que sea el camino Que me trace mi destino Oh! nunca te olvidaré. El recuerdo de tus campos De tu cielo, de tus flmes, ' De tus bellos ruiseñores Por do vaya llevaré. ' Ciudad hermosa, encantada Por qué si la suerte quiso ' Que en tí hall_ara el paraiso 1 Hoy debo decirte adios? - Ah! la pobre forastera A ~~n ili~e a~o un ilia Te deja con pena impía Oh! tierra de bendiciont Amistad tierna y sincera, Hija de honda simpatia, Alimentó el alma mia, Con tus hij os, ¡oh ciudad! Amistad nunca mudable Por el tiempo ó la distancia, Mas firme por la constancia Y por la n oble lealtad. Tú contemplas, Urnbamba, El gran Sayhua maj estuoso: Fijo, inmoble silencioso, Eternamente está allí. Así tu dulc ' r ecuerdÓ En mi pecho y en mi mente Conservaré eternamente, Urubamba, para tí L eonor E. de Astete. Cuzco, Abril 25 de 1876. PENSAMIENTOS. A TERESA. Teresa, cumplióse ya para nosotros aquel -negro presentimiento, que en los días claros de nuestros amores cruza– ba por el alma para eclipsar nuestra fe– licidad. Se cumplió, yá estamos sepa– rados. El aire de mi existencia ya no lo aspiro en tu aliento, y la luz q-qe abrillantaba mi espíritu, ya no la mi– ro en los rayos tan tiernos de tus ojos. Me faltas, y el universo ha desapa-– recido para mi. Este corazon, que tu cabeza ha sentido palpitar t~ntas veces con el rigor de las emociones profun– das, hoy late apenas bajo la lápida de mi pecho, con toda la languidez del de– sencanto. Estos lábios, tantas veces en– cendidos con el calor de _ los tuyos, a– penas se abren hoy tibios y marchi– tos, oomo las hojas de una flor, inodora del desierto, para que huya un suspiro que yo adoro, sin embargo, :por que lleva tu nombre. Estos ojos, en otro tiempo radientes de felicidad, por que do quiera se fijaban hallaban algo que te pertenecía, algo que tus ojos acaba– ban de ver hoy apenas giran mústios y perezosos, porCJ,ue á cada objeto que contemplo me l'ep1to, no e3 de ella. Cuando las flores, ¡oh, y tu sabes cuanto amo yo las flores! absorben un i1;1stante mis miradas, me retiro de ellas sm cogei-las. ¿Para qué, para quien esas flores? Cuando la luna derrnma sob 7 e el cielo su luz de plata ¿donde estas, Teresa, para yo esparcir sobre tu, esp8:lda los rizos negros de tu es– plend1d1da cabellera, y á los r ayos dul– ces y melancólicos del astro de ht no– che, descubrir tu semblante mas b8llo, mas dulce y melancólico que esa tier– na viajera de los cielm:i? Cuando la tempestad hace t emblar la tierra con sus rayos, y las nubes be– ben la luz en la mitad del dia, y toda la naturaleza se reviste de ese aspec– to desconsolador que se comunicc:1, el espíritu, estos dias, me digo, eran en o~ro tiem_po el ima~ secreto de h poe– ~1a de mrn amores; pero hoy, qué ::ne importa? hoy no tengo los hombros cfo mi amada para reclinar mi ca.beza, y allí, embriagado en el aroma de su a- 1Íento, cerrar mis oj os al arrullo del trueno y sus pal1:1,brns. ¡Oh! tu voz tier– na y melodiosa, como el canto del rui– se11or, confundida en los ecos r etum– buntes del trueno: tu mirada, láilgui– dn, y amorosa, que parec2 busct..ir los oojetos para descans&,r soill·l:l dlos, con– fundida con el brillo fos fé,l'ico del re– lámpago ¡ha Ter esa ! todo so era el antítesis mas poético üe la sublimid&.cl de lo bello, ya s~ acabó tambien. Cuando las sombras de la tarde se aparecen lánguidas sobre el cielo, y lo8 últimos rayos del sol espiran dulcemen– t e en el ocaso, como la última :i;nirada de una virgen cun,ndo la palidez de la muerte cubre su rostro, y llega á mis oidos el primyr golpe de la - campana de visperas, entoces, rreresa, mi c02·a– zon se estremese, quiero esconder mi cabeza entre mis manos, y se baña.n en el raudal de lágrimas de mis ojos.... Angel de mi alma, tu conoces el m.í¡3- terio divino de esas horas .... aquella é:0- lina....aquella cruz .... ¡ Silencio! no robe– mos á Dios, único t estigo de nuestros amores, el secreto de 11uestra felicidad. ¡Cuán bella eras entonces! Yo he vis– to á la naturaleza en todas sus pers– pectivas de luz, en las riberas del Pa– r aná y del Amazonas: he visto levan– tarse la luna sobre un mar tranquilo como el corazon de una niña; pero en tus ojos, hay luces mas vivas, indifini– bles, mas bellas que en el horizonte de los trópicos, y mas poesia en tu rostro que en esa perla de los cielos que se alza hermosa y solitaria sobre los ma– res sin ondas. Yo he visto desde la. cima de las montañas, descender á los valles de esmeralda las aguas cristalinas de las fuentes, en ligerísimas sierpes de pla– ta, alumbradas con los rayos dorados J.e la aurora, pero cuando la brisa de la tarde ajita los sedosos rizos de tu frente, y los encajes de tu seno, y los ;,

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