El Recreo
~ 116 El cielo estaba encapotado de negrns n.,u,bes; y de vez en cuando lejanos re– láim.pagos ~lu,mbr~ban co:n. una luz cár– d,ena él in,.terioi; <;l,e la cabaña. El yj.ejo cacique dormia con el pesado sueño d,el la.bnidor. Andrés yacia á su lado, acostado en el mismo lecho. En la p~el'ta de comunicacion que reu.n_ia las dos habitaciones de la ca– baña, pálida, trémula, palpitante, se adelan~aba una mujer envuelta en las sombras de la noche. Aq11eÍI~ · :µi{{j'er ~:iia .. Bosalía. ' rie:n.de , el cuell~, aplioa el oido, y alentada por el silencio, se 1;1,cerca al cac~que, s,e ii;ichna, estiende l(li mano, abre· u;n, s.aquito que el anciano lleva so– bre $U pecho, s~ca el~ él una llave, se retira., y s~lienclo de la cabaña toma el caim5n.o hondo qne conduce á la ciudad. ·· Detrás de ella, ligero y silencio co– mo una sombra, u,n bulto negro salió de la e.abaña y la siguió á lo lejas. A la misma hora, en la esquina de San Blas, un hombre de pié y embo– zado en su capa, se entregaba á u11a impaciente espe:ra oon los ojos :fijos en el camino que conduce a,l Rodadero. -Al fin! - esQlamó- y á poco una mujer oubierta de los piés ái la cabez.a con una gran manta negra se detuvo ante él y murmm:ó con sombrío acento: -Hém e aquí Diego! Traigo sobre mi cabe.za la cólera de Dios y la malc1i– c ion de mis antepasados; pero tú lo has querido. Tu pié va á hollar el sagrado ~1·ecinto que solo han pisado los hijos de los reyes. ¡Plegue al gran Pachaca– macc castigarme á mí sola y no es– tender sobre ti su enojo. Ahora deja que ligue tus manos, que vende tus ojos, y te envuelva en la manta de mi padre para que las almas de los Incas no te conozcan al entrar en la ciudad sagrada. VII. EL RECREO El aragonés se sintió conducir largo nes del Inca. 'roca estos hermosos lí- 1 espacio por caminos fragosos, en intrin- rios. cados rodeos, ascendiendo siempre por -De oro!-murmuró el aragonés con un declive rápido hácia. a.Iguna elevada trémulo acento. cima. Un viento áspero y frio silbaba -He aquí los maizales de sus lrner- á su oido, llevando á su rostro las ho- tas con sus blondas mazorcas, jas secas arrancacl1:1us á la maleza. De -De oro! vez en cuando, la mano que lo guiaba -Y los racimos ele estos arbustos de tembhtba y se estremecia; y entre el fra- anchas hojas. gor lejano de los truenos, Malc1onaclo -¡Perlas! grues~s perlas, y oro, oro creía oir la voz el e la india murmuran- por todas partes! clo palabras estra, ñ.as con el acento de -Sí! todo, desde las baldosas en que la plegaria. suenan con doble ruido tus espolines ele El astuto aragonés intentó muchas acero, hasta la arena en que ejercita– veces con un ademan furtivo libertar ban sus fuerzas nuestros guerreros; des– una de sus manos con la esperanza de de el solio del Inca hasta los guijarros deslizarla entre la manta hasta sus ojos; con que jugaban los niños, y en que pero encontró tan sólido el nndo que ahora tropieza tu pié, todo es oro en las sujetaba, que hubo de resignarse. este inmenso recinto; pero oro sagrado Entr@ tanto, los rumores nocturnos del que jamás nadie extrajo el menor de la ciudad, el ladrido de los perros, gra,no, depósito precioso sellado con la el canto de los gallos le llegalm;n mula religion de un juramento que yo voy á vez mas confusos, cada vez mas dis- quebrantar por tí. ..... tantos; el yenc1aba1 arrecia,ba, y Maldo- Pero apresurémonos. Las sombras nado percibió en su aliento lR. atmós- duei·men: guardémonos de despertarlas fera etérea de las alturas. prolongando mas nuest:i;a presencia en De súbito, el terreno se aplanó bajo este sitio. He aquí montones de las per– sus pies, y el viento sopló mas impe- las mas hennm,as que 1J1:oclucen nues– tuoso y fria. tros mares; Le allí cenos ele la.s mas La india se cletuYo, en fin, y Malclo- l'icas pepas de nuestros lavacforos: torna nado la sintió prosternarse tr r s Yeces. todo lo que desees, Diego, y salgamos Luego parecióle escuchar un rniclo seme- de aquí pronto. jante al que produciría un riec1ruzco re- -Salir de aquí!-esclamó Malclona– movido. Sonó en seguida el golpe seco clo con delirante acento-abanc1onftr es– del eslabon sobre el pedernal, y l\Ial- te inmenso tesoro que puede cambiar la donado se sintió llevaT en rapido des- faz del nfündo, y que tú guardas enter- 1 censo por las sinuosiclftdes ele mm ínte~·~ rado, estúpida india! ¡Nó! quiero que 1 minable escalera. Sintió resbale, r su pie sea mio ¡lo será! en la húmeda superficie de sus gradas Y Maldonado fuera de sí, arrancó la de piedra, el aire mefítico de las re- venda que cubría sus ojos ..... . giones subterránet1,s sofocaba su pecho, Deslumbrólos un campo inmenso, ful– sus sienes latian con fuertes pulsaciones; garoso, en cuyo instantáneo espacio el y el rumor ele sus pasos, repeti~o l?ºr aragonés vió acumulacbs todas las ma– ecos infinitos, llenaba con un nudo m- ravillas que pudo soúar la fantasía. menso los desconocidos ámbitos que atra- Templos alumbrados por infinitas lám– vesaban, parás; salones y galerías donde estaba El aragonés sentía todo esto sin parar amontonado e] oro bajo todas las for– en ello su atencion. Un solo pensn,mien- mas. Allí en estátuas, vasos, altares· y to absorvia 8n alma: el tesoro! ese tesoro aquí en jardines cuya flores eran co~s– gnardado por una 1;iüa, frágil caña que telaciones de piedras preciosas. Y á su Al tocar aquel momento supremo, el era tan fácil romper. lado, en :fin, ataviada con ajorcas y bra- codioioso aragonés apénas podia oonte- A esta idea un vértigo se apoderaba zaletes de perlas, ]a humilde india que ner los trasportes de una · alegría in- de su mente; y los nombres ele Espau~, lo babia coll(1ncido allí calzaba el co– mensa, tumultuosa, casi parecida al Sancho y Eleonora resonaban en su 01- tu:·no y ceüia la banda puq? úrea de las terror: do, y un torbellino de imágenes ardientes prmcesas peruanas. -Hé aquí n1.is manos, Rosalía- la cruzaban sn cerebro. Pero, lo hemos dicho: la mágica vi- dijo, desembozándose-lígalas; venda mis -Hemos llegado. ¡Hénos aquí en la sion fué un reln.mpago. En el momento ojos ...... Pero dime ¿por qué vienes así ciudad sagrada!-mnrmuró de repente la que ~a ven da cayó de los ojos de Ma.1- disfrazada? india al oido de Malc1onado.-Diego, tu donado, una mano de :fierro se asió á -En el lugar donde vamos á ent ·ar, pié ha franqueado el pórtico del pala- su garganta, lo arrojó al suelo, volvió á Diego, no me llamo Rosalía: soy JJicnna cio imperial, Nos encontramos en la ga- venderlo y ligó sus manos á la espalda Tica su1na. Por eso, dejando mis pobres lería de las estátuas. Tócalas, Diego, los con doble nudo. Dos fuei·tes brazos lo ropas, vísto bajo esta manta que me en- indios sabían trabajar el oro mejor que lm_rantaron en peso, y el aragonés ar– cubre, los atavíos de mi rango pue solo los artífices de tu país. roJado sobre unos hombres sólidos sin- es dado ver á las calladas sombras de -¿Cómo he de tocarlo si tengo liga- tió que se alejaba de aquel todo' que la ciudad subterránea. das mis manos? ~l no tuvo tiempo de Y61', porque echó Y la india, sujetando con un topo La confiada india desató el nudo que a andar y se lo llevó subiendo la sobre su pecho la manta que la cubría las retenía, y l1:1s manos del arn,gonés larga escalera que él había bajado poco el cuerpo, desenrrolló una larga faja de palparon, temblorosas de emocion, una antes. lana, vend6 con ella los ojos á Maldona- larga serie de estátuas á cuyo metálico Apesar de lo. brusco df'l ataque, J\ial- do, ligóle las manos á la espalda, en- contacto se esti-emeció de placer. donado ~o perdió la cabeza; y previen- volviólo como ella en una manta, y echó -He aquí- continuó la hija del ca- do el cles1gmo de su desconocido enemi- á andar llevándolo por el brazo. cique~he aqní las flores de los jardi- go, antes que éste lo sugetara, llevó la ~ 1 ===ia-..::=======::::::z============================~ ~..4
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