El Perú y la Primera Guerra Mundial

La pregunta fundamental, la que da origen a cien años de debate historiográfico, tras más de 50 000 volúmenes publicados —a los que debe añadirse los que se publican, como este, en el centenario del inicio de la Gran Guerra— sigue sin respuesta. Hoy se sabe más, pero no es suficiente. Las posibles respuestas siguen girando, sobre todo, en torno a dos ejes: la culpabilidad de alguno de los Estados beligerantes, pese a los hallazgos que parecen desmentir ese tipo de argumento y los problemas metodológicos que plantea; y las dificultades en la administración de una crisis periférica en el «polvorín de Europa», los Balcanes. Los problemas con las narrativas basadas en la culpa ya han sido expuestos en una sección específica de este trabajo, pero se debe reconocer que estas argumentaciones son sencillas, útiles y cómodas. Considerar que «alguien tiene la culpa» y que los demás combatieron al malvado satisface la necesidad de explicar la catástrofe, la mortandad de 1914. Esta visión es un bálsamo que esconde el otro elemento de la alternativa: el horror de que la guerra haya sido en vano, de que los gobernantes de los Estados europeos hayan conducido a sus jóvenes a la muerte sin que se supiera el por qué, sin que ni siquiera fuera posible explicar cómo se tomaron las decisiones que hicieron del siglo pasado el violento siglo XX. A ello sigue lógicamente que la comprobación del horror de las nuevas armas cada vez más destructivas —en Hiroshima y Nagasaki— ha protegido a la humanidad en el mundo de la amenaza termonuclear. Si los gobernantes de 1914 hubieran sabido de la eficacia de las ametralladoras, tal vez habrían retrocedido antes de que se disparara una sola bala. De este modo, la especie humana se ha salvado gracias a la paranoia de la destrucción recíproca asegurada. En el mundo de la guerra total y la victoria absoluta, el único límite es el horror al que se esté dispuesto a llegar, de acuerdo con la tolerancia al sufrimiento o la crueldad del agente. En este trabajo no se ha pretendido resolver las preguntas planteadas, sino más bien explicar por qué hasta hoy no tienen respuesta. Para ello se han seguido dos líneas argumentativas: rebatir los argumentos empleados más recurrentemente, por ejemplo, el sistema de alianzas que dividió a Europa y las narrativas sobre la culpa; e insistir en la necesidad de ver los hechos de 1914 con los ojos de 1914, concentrándose a partir de ello en los procedimientos de toma de decisiones de los gobiernos involucrados. Es en el diálogo entre las estructuras —que establecen los condicionantes para las decisiones de los individuos— y las acciones individuales —que pueden confirmar o no las hipótesis estructurales— donde reside una 46

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