causas de la Primera Guerra Mundial presentadas en cien años de historiografía no han sido suficientes porque cada una de ellas requiere una «iluminación perceptual» para comprender la marcha hacia la guerra desde el punto de vista de las sociedades y las élites de los Estados intervinientes en ella (Deschênes, 2002, pp. 373-375). Por ejemplo, a partir de los conceptos propios del darwinismo social es posible concluir que el nacionalismo alemán y los estereotipos raciales llevaron a los tomadores de decisiones en Berlín a ver la guerra como una necesidad aceptable que traería unidad doméstica, curaría a la sociedad de sus imperfecciones y detendría la amenaza del nacionalismo eslavo. Existía en Alemania la percepción de que había una guerra entre dos razas, identificadas en el germanismo y el eslavismo, lo que es consistente con la idea recurrente de una nación germánica encerrada en un «círculo de hierro» eslavo (Lindemann, 2001, citado en Williamson & May, 2007, p. 338). Adicionalmente, se ha propuesto que las potencias beligerantes eran sociedades con valores distintos a los de los historiadores que las estudiaron tras décadas de cambios económicos y sociales, quienes no han comprendido, o no han entendido bien, el mundo de 1914. Entre estos valores destaca el honor, objeto de un trabajo fascinante de Avner Offer, quien sostiene que cuando este era afectado, el cálculo racional y los modelos de toma de decisiones eran dejados de lado (Offer, 1995, pp. 213241). Así como un individuo ofendido ponía su vida en riesgo en un duelo, las naciones respondían al mismo principio. Por ejemplo, el honor alemán estaba en juego luego de que Berlín le ofreciera a Viena el «cheque en blanco»: la guerra era un deber, una función del honor. Keegan ha indagado sobre los terribles desafíos que la batalla demanda de los hombres. En 1415, los soldados que participaban en la batalla de Agincourt podían correr hasta la siguiente colina para salvar sus vidas; en Waterloo, cuatrocientos años después, los soldados de a pie podían llegar un día tarde; pero en el Somme, el soldado ya no podía huir de la guerra. La industrialización de la guerra había llenado el aire encima de las trincheras con proyectiles letales. La muerte en masa, tanto en el Somme como en Verdún, llevó a los soldados a los límites de la resistencia humana, sin que las batallas de la guerra de 1939 pudieran replicar el horror —con la posible excepción de Stalingrado— (Keegan, 1976). Esta constatación se presenta hoy en la diferencia entre el partisano oculto en las montañas y el yemení o el pakistaní que será ejecutado por aviones no 43
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