destruyendo la sociedad, la cultura y la economía de sus países (Hobsbawm, 1995, p. 29). Cuando se inició la Gran Guerra, las expectativas de los beligerantes, ya no se diga objetivos, no tenían fin: la destrucción absoluta del enemigo era la única forma de la victoria. Conforme proseguían las campañas militares sin un resultado decisivo, los intentos de negociación llegaban siempre al mismo punto muerto: lo que era aceptable para una parte significaba la derrota para la otra. Ninguna aceptaría los términos propuestos sin una derrota militar, en cuyo caso era innecesario llegar a un acuerdo porque la victoria decisiva que se necesitaba para aceptar el cese de las hostilidades sería seguida por una paz dictada, como efectivamente sucedió en 1919 (Taylor, 1954, p. 552). Es sumamente probable que a inicios del siglo XX este cambio en la naturaleza de la guerra no fuera percibido como un problema, sino que calzaba con la concepción darwinista de lucha entre las naciones y las mitologías construidas para consolidar los nacionalismos. De este modo, tras siglos de civilización, se había vuelto al discurso de Calgaco: «a robar, asesinar y asaltar llaman con falso nombre imperio, y paz al sembrar la desolación» (Hobsbawm, 1995, p. 29). 6. LAS PERCEPCIONES Y LA GUERRA: LOS SUPUESTOS NO EXPLÍCITOS Antes de revisar las consecuencias de la guerra es pertinente volver a recordar que para evitar el anacronismo —aquel gran tergiversador— se debe pensar 1914 desde la forma de ver el mundo de 1914, tarea que se ha pretendido llevar a cabo en este trabajo. A continuación se hará un breve repaso de algunas valiosas contribuciones de la historiografía al respecto. En 1968, James Joll invocó a examinar los «supuestos no explícitos» de 1914, entre los cuales citó la suposición de que el patriotismo motivado por la guerra podría servir como un desfogue para las tensiones de la política doméstica; la percepción de que con la llegada de la política de masas los gobiernos se encontraban sujetos a los deseos y expectativas de las muchedumbres; y la creencia proveniente del darwinismo social de la inevitabilidad del conflicto, incluso planteando que era visto como necesario para purificar a la sociedad (Joll, 1968, citado en Williamson & May, 2007, p. 336). Estos factores constituyen premisas sobre las cuales deben matizarse las apreciaciones sobre 1914. En efecto, buena parte de la población y de las élites vivían en un mundo modelado por esas creencias, sin poder apartarse de ellas por la evidente falta de distancia histórica. Las 42
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