debería ser definido en la línea de trincheras en el oeste de Europa. La carnicería había comenzado. En esa situación, las potencias comenzaron, recién, a reflexionar sobre sus objetivos en la guerra: «ninguna había entrado a la guerra con un objetivo definido, excepto la victoria. Se esperaba que la victoria proveyera una política; de hecho, la victoria era la política» (Taylor, 1954, p. 535). De acuerdo con Kissinger, en la Primera Guerra Mundial las acciones militares carecieron de objetivos políticos específicos. En ella se combatió para fortalecer las alianzas, para probar la fiabilidad de sus integrantes y no porque se diera un casus belli según los acuerdos correspondientes (Kissinger, 1994, p. 200). Esta es la opinión prevaleciente en la historiografía de la Primera Guerra Mundial: las potencias intervinientes no tuvieron objetivos para ir a la guerra y actuaron reactivamente frente a las acciones de las otras. Un reciente trabajo sugiere revisar este punto de vista, afirmando que Rusia tenía objetivos claros que la llevaron a presionar en el contexto de la crisis de 1914 para desestabilizar la política internacional y beneficiarse con el control de los estrechos que comunican el Mar Mediterráneo y el Mar Negro. Al respecto, se propone concentrar la mirada en la situación en Europa oriental, el Cáucaso y el Cercano Oriente, escenarios en los cuales la descomposición del Imperio otomano generó imprevisibilidad sobre los territorios que iban siendo liberados y sobre los cuales las potencias tenían diferentes intereses. Así, la Gran Guerra podría ser considerada como la «guerra de la sucesión otomana», que reformó completamente la estructura sociopolítica del Mediterráneo oriental y el occidente de Asia (McMeekin, 2011, p. 4). La realidad era que la «cuestión de Oriente», por ejemplo, las perturbaciones en el sistema internacional provocadas por las demandas de autonomía e incluso independencia de los territorios del Imperio otomano en Europa y su periferia, nunca se refirió a los Balcanes, sino a la lucha por la herencia otomana. Ella incluía especialmente el control de los estrechos que unen el Mar Negro con el Mar Mediterráneo, la mayor prioridad para la política exterior rusa dada su descomunal importancia estratégica, tanto militar como económica. Sin embargo, la gestación y conducción de la guerra fue eminentemente europea. Como señaló un funcionario ruso, la ruta a Constantinopla pasa por Viena y Berlín (McMeekin, 2011, p. 6). De hecho, la cuestión de Oriente era uno de los asuntos típicamente incluidos en la agenda de la política internacional y 40
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx