p. 93). Si bien la política exterior del ministro de Relaciones Exteriores, Edward Grey, había establecido vínculos activos con Francia y Rusia que incluían intercambios navales y militares, forjando así expectativas de un compromiso permanente, solo una minoría en el gobierno británico compartía ese punto de vista. Así, en julio de 1914 no había en Londres un nivel de consenso apropiado para justificar las hostilidades. De hecho, Ferguson no ve razones fundamentales para el involucramiento británico en la guerra: aunque las circunstancias hacían altamente probable su participación, este no era un resultado necesario (1998, p. 168). Fueron finalmente la incursión alemana en Bélgica y la voluntad belga de defender su neutralidad las que lograron el consenso en Londres, uno de varios escenarios posibles, uniendo a liberales y conservadores en una guerra que pensaban que obedecía a los intereses británicos, en especial los marítimos. De hecho, Grey sostuvo que la actuación inglesa sería solo en el mar, sobre la base de los acuerdos navales de 1912 con Francia (Strachan, 2001, p. 98). Nunca se pensó que miles de jóvenes ingleses cruzarían el canal para morir defendiendo las líneas francesas ante el avance alemán. Esto, evidentemente, solo se pudo saber luego de la guerra: era imposible que el gabinete británico lo contemplara cuando decidió intervenir en ella. Tras años de crisis y tensiones crecientes, solucionadas en conferencias internacionales a través de la diplomacia, en solo diez días —desde el ultimátum del 23 de julio hasta la declaración de guerra de Alemania contra Rusia del 1 de agosto— la guerra se había iniciado y todas las potencias europeas participaban en ella. En puridad, faltaba la agresión alemana contra Bélgica, el 4 de agosto, que involucraría a Inglaterra y aseguraría la participación francesa, pero los niveles crecientes de tensión prácticamente habían garantizado una guerra general. Pese a la percepción generalizada de que el conflicto sería corto, impulsada por las conclusiones de los planes de guerra de cada una de las potencias, para setiembre de 1914 Alemania había sido detenida en el Marne y el 1 de noviembre Turquía cerró los estrechos, lo cual llevó a la conflagración a un punto muerto. Ambas fueron las puntillas finales, nada más iniciarse la guerra, para la monarquía militarista alemana y el atrasado imperio ruso: no habría victoria rápida, «antes de Navidad», para Alemania; y Rusia quedaba aislada, incapaz de apoyar a sus aliados y a la espera de ser salvada por ellos. El plan Schlieffen había fracasado y la Entente había quedado físicamente dividida. El conflicto que se inició en los Balcanes 39
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