El Perú y la Primera Guerra Mundial

germánico era ser una fuerza suficientemente disuasoria como para lograr sus ambiciones coloniales. Pero los legítimos intereses navales alemanes eran una necesidad marginal dada su posición continental, mientras que el Imperio británico dependía por completo de su control sobre las rutas marítimas. El poderío naval, que para Berlín era un símbolo de su estatus internacional, era para Londres un asunto de vida o muerte (Hobsbawm, 1989, pp. 319-320). El argumento puede ser deconstruido si se lo presenta como una narrativa sobre la decadencia del Imperio británico que requirió la invención de Alemania como un enemigo del Reino Unido (Wilson, 1985, p. 115). Si bien era esperable que el poder alemán fuera una preocupación, el Foreign Office sistemáticamente ocultó ciertos aspectos de la política exterior alemana que iban a contramano con esta invención: su aislamiento, su amor propio herido, sus legítimas aspiraciones a una mayor predominancia internacional y su nerviosismo y ansiedad ante el deterioro de su posición internacional. El carácter hegemónico alemán habría sido así una construcción londinense: la idea de la amenaza germánica servía a la vez para ocultar la debilidad británica y para aumentar el temor a Alemania. Las ententes con Francia y Rusia, acordadas porque Inglaterra ya no podían mantener por sí mismas su posición internacional frente a nuevos actores como Estados Unidos, Japón y Alemania, encontraron en la amenaza germánica una raison d’être más respetable que el deseo de aferrarse al poder que se iba perdiendo. Incluso Alemania cooperó con ello, al concentrar su producción armamentística en la mayor fortaleza británica, la armada, con lo cual coadyuvó a presentar al Reino Unido como un aliado valioso para Francia y Rusia. Henry Kissinger sostiene, en su análisis del periodo, que cualquier acción militar, especialmente una de Alemania contra Bélgica, habría llevado necesariamente a una intervención británica en el continente, lo que debió ser considerado y evaluado por Berlín al decidir ignorar la neutralidad belga (1994, p. 207). De este modo, la entrada de Inglaterra en la guerra en defensa de Bélgica habría sido inevitable, dado el imperativo estratégico inglés de prevenir que alguna potencia continental dominara la salida del río Escada al canal de la Mancha y se convirtiera en una amenaza directa al poder naval inglés. Pero debe recordarse que el Reino Unido era la única gran potencia que debatió su entrada a la guerra en su parlamento, además de ser el único Estado que no veía su integridad territorial amenazada con los sucesos en el continente (Strachan, 2001, 38

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