Serbia otro «cheque en blanco», dejando a Belgrado en la misma libertad de actuar que Austria. Adicionalmente, la movilización general rusa fue anterior a cualquier acción militar alemana (confróntese Cimbala, 1996, pp. 382-390), mientras Berlín permanecía a la espera de una definición de la posición británica para decidir la propia. Pero, una vez movilizado el ejército ruso, Alemania no tenía más opciones que seguir con lo establecido en el plan Schlieffen: invadir Bélgica para marchar sobre Francia. El 30 de julio significó el cruce del Rubicón para Rusia —y con ella, para toda Europa continental—, con lo cual se agotó cualquier posibilidad de resolver pacíficamente la crisis. Por su parte, Francia vio en la crisis serbia la mejor garantía de que Rusia efectivamente la apoyaría en una guerra con Alemania. Tradicionalmente se ha asumido que las decisiones clave se tomaron en Berlín, Viena y San Petersburgo, y se le ha dado a París un rol secundario en la crisis. El gobierno francés se habría dedicado a asegurar el apoyo británico, a intentar contener a Rusia para evitar una guerra general y a lograr la unidad nacional para cuando llegara la guerra (Kiesling, 2003, pp. 227265). De hecho, si bien no le fue posible contener a Rusia, el presidente francés, Raymond Poincaré, tuvo éxito tanto en asegurar la intervención británica, como el apoyo transversal de la sociedad francesa, al mantener una posición defensiva frente a las tropas alemanas desplegadas en la frontera, ordenando a las tropas francesas que se mantuvieran en territorio galo (Williamson & May, 2007, p. 377). Sin embargo, hubo ocasiones en las cuales Francia fue influyente. Entre los líderes de 1914, el presidente Poincaré fue el gobernante con el mayor grado de control sobre su propio gobierno. Aprovechando ese poder, se dedicó a fortalecer la Triple Entente entre 1912 y 1914, con medidas como su visita de Estado a San Petersburgo, la coordinación del planeamiento militar con los rusos, y el bloqueo —a pedido de Rusia— del acceso austriaco a los mercados financieros franceses, con lo que se posicionó a la Entente como el enemigo axiomático de la alianza alemán-austriaca (Williamson & May, 2007, p. 374). Su mayor contribución al fortalecimiento de la alianza fue su oposición en 1912 a la propuesta del general Joffré, jefe del ejército francés, de diseñar un plan que violara la neutralidad belga. De acuerdo con el presidente, ello era inaceptable porque alienaría a los ingleses, al apartarlos de la Entente Cordial. Si se parte de la premisa de la ambigüedad británica frente a los dos bloques de alianzas en la Europa de 1914, puede decirse que el presidente francés 36
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