ultimátum austriaco como parte de una actitud combativa u obtusa, sino por una imposibilidad política y práctica. Tras el asesinato del archiduque, Austria vio cuestionado su prestigio ante la amenaza desestabilizadora de Serbia y temía que la crisis de 1914 supusiera el último clavo en el féretro de su estatus como gran potencia, seriamente disminuido tras la derrota en la guerra austro-prusiana, la unificación italiana, el establecimiento de la monarquía dual con Hungría —que restaba preeminencia a Viena al compartir el gobierno con Budapest —, y su falta de control sobre el nacionalismo eslavo en los Balcanes. El apoyo serbio a la agitación de los pueblos eslavos del sur significaba una amenaza de naturaleza práctica e inmediata para los Habsburgo: para Viena, la cuestión serbia representaba a la vez la seguridad y la supervivencia misma del Estado (Williamson, 1988, p. 805). En consecuencia, el gobierno austriaco buscaba una guerra localizada, una misión punitiva contra Serbia que la volviera un Estado vasallo (dada la composición demográfica de la monarquía dual, Budapest no habría aceptado la anexión para no incrementar la población eslava). De esta manera, el continente se acercó a una guerra general y la política internacional quedó sujeta a la reacción rusa frente a un eventual ataque austriaco sobre Serbia. En Viena se concluyó que la amenaza serbia debía ser reducida o removida, incluso a través de una guerra, pero la toma de decisiones en Viena muestra una división entre los militares, que querían actuar rápidamente contra Serbia, y los diplomáticos, que preferían una mayor prudencia, especialmente ante el temor a una potencial intervención rusa. La solución al entrampamiento fue consultar con el gobierno alemán, aliado de Austria, cuál debía ser la reacción apropiada, tal como se hizo en 1912 y 1913. No debe confundirse la consulta con Berlín con la narrativa de que Alemania empujó a Austria a la guerra: la decisión sobre una guerra localizada parecía ya estar tomada en Viena, y solo restaba definir el momento y evaluar la eventual reacción de las otras potencias continentales. En Alemania hubo nuevamente una división bajo líneas similares a las austriacas: los militares alemanes confiaban en una acción rápida, una guerra preventiva contra Serbia, mientras que la clase política pareció inclinarse a esperar que Rusia pusiera orden sobre su satélite serbio. Ante ello, la opinión de Guillermo II fue decisiva. Enfurecido por el asesinato de su amigo, el káiser no quería que Alemania detuviera a Austria si su 28
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx