potencias. Viena vio su prestigio sumamente disminuido y Berlín se rehusó nuevamente a apoyar una intervención austriaca en los Balcanes. Como respuesta, Austria dio un ultimátum a Serbia para que retirase sus tropas de Albania, un Estado tapón diseñado para contrarrestar el dominio serbio, el cual fue acatado. Como señala Hamilton: «esta victoria dejó una lección para los líderes austriacos: la amenaza del uso de la fuerza vencería» (2003, p. 91). Cuando Francisco Fernando fue asesinado, las percepciones y las expectativas de las potencias europeas estaban influenciadas por el desarrollo y la solución de las crisis previas. Las dos últimas ofrecen importantes contrastes con la experiencia de julio de 1914: i) en 1912 y 1913 Alemania no apoyó acciones austriacas en los Balcanes y ii) Austria decidió por sí misma dar un ultimátum a Serbia, con el que se desactivó la crisis. Igualmente, las acciones alemanas en Marruecos llevaron al fortalecimiento de la Triple Entente, aunque sus integrantes jamás pudieron dar por sentada la fiabilidad de sus contrapartes. Esta serie de incidentes se dio sobre el lienzo de la carrera armamentista de los cuarenta años previos a la guerra. Al respecto, Hobsbawm señala con precisión que el armamentismo no es una de las causas de la conflagración, pese a que evidentemente contribuyó con ella12. Con todo, es innegable que la tecnología para matar, tras la creciente industrialización de mediados del siglo XIX, tuvo avances dramáticos a partir de 1880, como la revolución en la velocidad y el poder de fuego de las armas pequeñas y la artillería y, sobre todo, como la transformación de los buques de guerra en el contexto de la lucha por la superioridad estratégica naval entre el Reino Unido y Alemania. Una consecuencia evidente fue que los preparativos para la guerra se volvieron mucho más costosos, especialmente al considerar la competencia interestatal por mantener la superioridad, o al menos no quedar muy rezagado. Estos costos cada vez mayores perjudicaron seriamente las economías nacionales al requerir aumentos de la presión tributaria o endeudamientos inflacionarios. Se creó así una relación simbiótica entre el gobierno y la gran industria. Solo la gran industria podía proveer los armamentos más avanzados, pero, a su vez, solo el Estado podía ser el cliente para dichos productos. De una u otra manera, los Estados se vieron obligados a garantizar la existencia de poderosas industrias armamentísticas nacionales, pagar por la mayor parte de los costos de los avances tecnológicos y velar porque dichas empresas 24
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