a una Alemania que temía estar siendo cercada y proveyó la ocasión para que los nuevos estados balcánicos —Serbia, Bulgaria y Grecia—, al percibir la debilidad del Imperio otomano, prosiguieran sus campañas militares en los Balcanes. En Agadir quedó demostrado que cualquier confrontación entre dos potencias las llevaría al filo de la guerra. De hecho, cuando en 1912 proseguía el colapso del Imperio otomano, con la intervención italiana en Libia y la guerra desatada por la Liga Balcánica —integrada por Serbia, Bulgaria, Grecia y Montenegro— para acabar con la presencia turca en Europa, las potencias no intervinieron, temerosas de antagonizar a Roma y de ser arrastradas al hoyo negro de los Balcanes. Solo a última hora Viena anunció a los integrantes de la Liga que las potencias no tolerarían cambios en el statu quo. La Liga ignoró la advertencia y continuó con sus operaciones, hecho que marcó la primera vez que los nuevos Estados ignoraban a las grandes potencias. Finalmente, Turquía detuvo los avances de la Liga y las potencias forzaron la capitulación de los pequeños Estados. En la conferencia que puso fin a la guerra, Austria vio cómo Serbia duplicaba su tamaño, una victoria del nacionalismo balcánico que «fue un desastre sin remedio para la monarquía Habsburgo» (Taylor, 1954, p. 491). Sin embargo, el evento más relevante para la evaluación de la conducta de las potencias en la crisis de 1914 fue una acción aparentemente marginal, accesoria, en 1912. En previsión de una intervención austriaca contra la Liga Balcánica, San Petersburgo movilizó sus tropas sobre Varsovia, a lo que Viena respondió con una medida similar en el sur de la actual Polonia. Leopold Berchtold, ministro de Relaciones Exteriores de Austria, auscultó la posición alemana frente a una eventual guerra con Rusia. Berlín respondió que no apoyaría a Viena porque no veía causa suficiente para hacerlo. Poco después ambos contendores retiraron sus tropas, con lo cual la situación se distendió. Apenas dos años después, en julio de 1914, en un contexto similar, Berlín dio el «cheque en blanco» a Viena y, un mes después, Europa estaba en guerra. La última crisis previa a la que produjo la Gran Guerra volvió a generarse en los Balcanes, península en la cual recurrentemente se estaba poniendo a prueba la capacidad de las potencias europeas de administrar la descomposición del Imperio otomano. Los nuevos Estados balcánicos pelearon entre sí por la división del territorio de Macedonia, hasta que llegaron a un acuerdo, la paz de Bucarest, sin la intervención de las 23
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