posteriormente en instrumentos específicos, como, por ejemplo, los acuerdos navales. Para el Reino Unido esta distinción fue de suma importancia y por ello, como se verá más adelante, sus contrapartes — Francia y Rusia— siempre tuvieron dudas sobre el grado de compromiso británico. La situación descrita generó una rigidez en las alianzas que restó flexibilidad a la política internacional, con consecuencias como la dificultad en el cálculo del poder relativo de los Estados y la disminución de la capacidad de maniobra de la diplomacia. Casi no existían precedentes de alianzas militares permanentes en tiempos de paz y tanto el anquilosamiento de la negociación internacional como la creciente injerencia militar en las decisiones políticas, a menudo circunvalando a los servicios exteriores, no eran características típicas del sistema internacional europeo, sino que fueron más bien un elemento coyuntural propio del contexto prebélico europeo. En 1914 ningún Estado europeo deseaba iniciar una guerra general; es incluso cuestionable que consideraran un conflicto acotado como las de las décadas de 1850 y 18604. Las numerosas confrontaciones entre las potencias por asuntos coloniales o particiones de los territorios del Imperio otomano siempre fueron solucionadas en una conferencia internacional o con un acuerdo entre las partes concernidas. No eran gobiernos pacifistas, es claro, pero si bien se preparaban constantemente para la guerra, sus cancillerías evitaron llegar a la guerra general, escenario que unánimemente consideraban sería una catástrofe. Por ejemplo, en 1905, con una Rusia muy debilitada tras su derrota en la guerra con Japón y sumida en una grave crisis interna, el alto mando alemán procuró convencer al káiser Guillermo II de atacar a Francia, aislada por la difícil situación de su aliado ruso. Alemania no atacó, sino que avanzó sus designios imperialistas en Marruecos, un asunto manejable que no podría iniciar una guerra general. De hecho, no hubo guerra y la crisis se solucionó una vez más en una conferencia internacional. Sidney Fay, uno de los primeros grandes historiadores del conflicto, propuso en 1928 el sistema de alianzas como una de las causas estructurales de la Gran Guerra, cuando Europa gradualmente se dividió en dos bloques en oposición. Desde entonces ha sido un lugar común concentrarse en la estructura del sistema internacional para explicar la conflagración. De hecho, MacMillan sostiene que la formación y el desarrollo de las alianzas debilitaron el concierto europeo, y propiciaron la 14
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