encontraba desgarrado entre el país donde había nacido, el Perú, y la tierra de mis antepasados que me había tomado el corazón. A finales de 1916 ocurrió algo que motivó a Policario a ir a Italia y desatender los consejos que le hacían diversas personas, pues si volvía corría el riesgo de ser reclutado y enviado a la guerra. Había muerto su tío Giovanni Ghio y la esposa de este quiso volver a Italia, pues no quería permanecer sola en Lima y le pidió a Policario que la acompañara en el viaje. Antes de partir, Policario se comprometió con Blanca y le prometió que volvería para casarse con ella y llevarla a Italia, donde vivirían, aunque su proyecto de vida era el de viajar continuamente al Perú. Antes de partir, la tía le dijo: «he vivido tantos años en esta ciudad, pero nunca me sentí como si estuviera en mi casa. Estoy contenta de regresar a casa». Policario anotó en su diario que para la tía la casa era Riva, en cambio él aún no sabía cuál de los dos países era su casa. Realizó ese viaje en medio de serias dudas acerca de la conveniencia de hacerlo, debido a que la guerra se prolongaba. Sin embargo pudo más su sentimiento de obligación hacia la familia, pues su madre se encontraba sola con sus hermanas, su hermano Giovanni había sido reclutado y estaba en el frente de batalla. Sabía que le tocaba asumir el rol del «hombre de casa», rol fundamental en las familias italianas, que se heredaba de padre a hijo. Por eso, a pesar de estar dividido en sus sentimientos, refrenó el deseo de quedarse en Lima y casarse con Blanca, confiando en que la guerra en Europa acabara pronto. Una vez llegado a la casa de su madre, que ya sentía como su casa, Policario fue informado de que había una notificación para él: debía presentarse al cuartel, en Génova. Esta vez el Estado pudo más que la familia. Así es como se cumplió lo que todos temían en la familia Zolezzi: Policario debió partir al frente. Siguió escribiendo su diario, donde relataba la crudeza de la situación que le tocó vivir. A diferencia de lo que decía la propaganda oficial, había una enorme precariedad en la vida de los soldados enviados al frente: la comida era pésima, a tal punto que provocaba cólicos; el armamento escaseaba y no había suficiente abrigo. Era invierno crudo y en el Monte Grappa, donde le tocó combatir, había mucha nieve. Estando en el frente pudo darse cuenta de que la guerra era absurda, los soldados no sabían por qué luchaban y por qué la defensa de una frontera costaba tantas vidas y sufrimientos. Pudo darse cuenta de la falsedad de la propaganda oficial, que apelaba al patriotismo y al sentido del deber. La crueldad de los combates le causaba repugnancia: 146
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