dejado de escribir y de enviar remesas. De modo que su madre debía trabajar duramente para sostener a la familia, mientras ella cuidaba de sus hermanos menores. Cuando Ángela cumplió 18 años, su madre recibió la solicitud de un primo suyo, que estaba en Lima; aquel había enviudado y tenía cuatro hijos. Solicitaba una mujer joven «aunque no tuviera dote», pero que estuviese dispuesta a cuidar de sus hijos. Es así que Ángela fue enviada a Lima con ese propósito; sus hermanos menores habían crecido y podían cuidarse por sí solos; además, si ella viajaba aligeraba la carga familiar (una boca menos). Es así como las jóvenes cumplían con estoicismo y disciplina con los requerimientos de la familia. Como Policario anotó en su diario, cuando el barco zarpó, los ojos de Ángela no tenían lágrimas, sufría en silencio y contenía sus emociones152. El hombre con que se iba a reunir en Lima, que era primo de su madre, tenía una panadería: La idea de comer pan fresco todos los días le hacía brillar los ojos. Durante la travesía en el barco, Ángela comía todo y limpiaba el plato sin dejar siquiera una migaja de pan […] se entendía que para ella era secundario casarse con un hombre que tenía el doble de su edad, lo importante era que le asegurara una vida cómoda. Durante esa travesía ocurrió un hecho que llamó la atención de Policario y lo escribió con detalle en su diario: un niño que viajaba en segunda clase se perdió. La madre alertó a los que viajaban y hasta al capitán del barco. Por varias horas el niño no aparecía y se temió lo peor. Hasta que lo encontraron escondido entre las mesas del comedor de primera clase. Allí el niño encontró una canasta con bizcochos, cosa que no había en el comedor de segunda clase, donde viajaba su familia. Al ver al niño que comía con avidez, el capitán ofreció dar bizcochos también a los niños que viajaban en segunda clase. Policario observó la escena y escribió en su diario que esos migrantes huían del hambre. El niño era simpático y se granjeó el cariño de los viajeros, que lo apodaron topolino (ratoncito) por su vivacidad y capacidad de escurrirse. En otra parte de su diario, Policario escribe sobre sus sentimientos y la emoción que le embargaba al volver al Perú: Cuando doblamos el Cabo de Hornos y entramos al Océano Pacífico, Juan y yo suspiramos, estábamos en nuestro mar, el mar donde habíamos aprendido a nadar cuando pequeños. En un gesto espontáneo pusimos un brazo sobre la espalda del otro, sin palabras, habíamos tenido la misma sensación, estábamos retornando a 143
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