las potencias europeas y sacó de quicio el balance de poder preexistente. Desde su nacimiento, la Alemania unificada supuso un problema para otros Estados. En primer lugar, para el antiguo imperio austriaco, derrotado en la lucha por el predominio en el mundo germánico y con su estatus de gran potencia en tela de juicio. Tras la victoria alemana, Berlín se alió con Viena para poner freno a los intereses rusos en Europa oriental, en una muestra más de la flexibilidad de los alineamientos en política internacional antes del siglo XX. En segundo lugar, del mismo modo que el auge prusiano se dio a costa de la ocupación de la Silesia austriaca en 1740, la consolidación de la unificación alemana supuso una herida permanente en el orgullo nacional francés tras la anexión de las regiones de Alsacia y Lorena y la coronación del káiser Guillermo I en el palacio de Versalles. A diferencia de Austria, Francia jamás podría ser un aliado alemán y mantendría una posición irredentista respecto a sus provincias ocupadas, con lo cual se hacía sumamente improbable un nuevo concierto europeo que incluyera a París y Berlín. Se debe tener en cuenta que la otrora poderosa Francia borbónica había sido por doscientos años el titán que amenazaba la paz en Europa, el formidable opositor al equilibrio de poder y, por ello, fue combatida por sucesivas coaliciones en batallas que a menudo fueron libradas, con gran costo económico y social, en los territorios que luego serían unificados bajo la nueva corona alemana2. En tercer lugar, Alemania se convertiría poco a poco en el gran rival de la potencia dominante a fines del siglo XIX, el Reino Unido. Para Gran Bretaña, las ambiciones alemanas por «encontrar un lugar bajo el sol», el aumento de su potencial naval y sus aspiraciones de expansión colonial en ultramar supusieron un serio cuestionamiento que eventualmente debía recibir respuesta. Las relaciones entre Alemania y el Reino Unido serán presentadas más adelante, dada su relevancia en el debate sobre los orígenes de la Gran Guerra. Teniendo en cuenta estos factores, mientras Otto von Bismarck fue el canciller de Alemania3, el nuevo Estado unificado mantuvo una actitud prudente en su política exterior, al fomentar la estabilidad internacional a partir del control de la política exterior de su vecino germánico, Austria, y al oponerse a las incursiones rusas en los Balcanes a partir de su alianza con Viena. El interés alemán era restablecer el balance de poder en Europa, tras haber puesto fin al statu quo preexistente a su unificación. En este sentido, el equilibrio forjado en 1815 a partir de los valores compartidos entre las potencias fue reemplazado por las maniobras 12
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