jóvenes y diezmó a las poblaciones que la sobrevivieron: tras 1914, los números de las víctimas y los soldados pasaron a contarse en millones, no en miles. Ante esta imagen, la Segunda Guerra Mundial es la continuación de una enfermedad, una calamidad que azotó a comunidades que ya conocían la catástrofe, que ya estaban traumatizadas. Pese a la espantosa incorporación de nuevos horrores como el holocausto judío, los bombardeos masivos indiscriminados sobre poblaciones civiles o la llegada del temor permanente a la guerra nuclear, no es en 1939 donde está ubicado el horror en Europa, sino en 1914: en Verdún, Ypres o Somme, y no en las playas de Normandía o el sitio de Stalingrado. Adicionalmente, está el problema de la culpa por la catástrofe. A diferencia del debate sin solución sobre la responsabilidad por los eventos de 1914, sobre 1939 se cierne la sombra de Adolfo Hitler y el nacionalsocialismo como la encarnación de la responsabilidad por las tragedias de la Segunda Guerra Mundial, idea que pese a su inexactitud facilita aceptar la tragedia como obra de la maldad (Taylor, 1964, pp. 712). En 1939 existía además el argumento de las condiciones de la paz de París de 1919 como causas de la nueva guerra, el temor a las tres cabezas del Cerbero totalitarista —el estalinismo, el nazismo, el fascismo—, la gravísima crisis económica de 1929 e incluso, o sobre todo, el malestar con la civilización, la percepción colectiva de que el siglo XX se había iniciado con una catástrofe fundacional y que la humanidad corría el peligro de aniquilarse a sí misma. Al contrario, se puede sostener que en la Primera Guerra Mundial no hubo culpables, que no es lo mismo que argüir que todos fueron inocentes: los líderes civiles y militares de los países beligerantes tuvieron, cada uno en distinta medida, responsabilidad por la catástrofe. Antes de 1914 el sentido de lo trágico para las élites y la burguesía europeas eran sucesos como el naufragio del Titanic, asuntos domésticos como el incendio de un teatro en Viena o los desastres naturales (Hobsbawm, 1989, p. 328). Hacía un siglo que el mundo no conocía guerras masivas, que no veía grandes ejércitos como los movilizados en las guerras de la Revolución francesa en la década de 1790 o las napoleónicas en la década siguiente. La guerra de Crimea de 1853-1856 era la última guerra general, la cual había sido apropiadamente solucionada por el concierto de naciones europeas en una de las numerosas conferencias 9
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