El Perú desde la intimidad

Medicina y salvó su archivo, que guardó en su casa. Promovió la vida de esa Facultad entre 1881 y 1883, no obstante los riesgos y dificultades de la guerra. Se casó con Rosa Benavides (Arias Schreiber y Zanutelli 1984: 139-140). 258 Aurelio García y García (Lima, 1836-1888). Marino, miembro del Partido Civil y amigo de Miguel Grau. Fue comandante de la corbeta «Unión», y siguiendo instrucciones tuvo que dejar solo al «Huáscar» en lo que sería el combate de Angamos (Tauro 2001, 7: 1047-1048). 259 Mariano Baptista Caserta (Yani, Cochabamba, 1832 – Cochabamba, 1907), abogado y político boliviano, ejerció la presidencia de su país entre 1892 y 1896. Fue una de las más importantes figuras de la vida boliviana en el siglo XIX (Barnadas 2002, I: 262; Cortés 1876: 50; O’Connor 1912: 219-231). 260 Domingo Santa María González (Santiago, 1825-1889). Abogado, fue un hombre de mucha influencia en la vida social y política chilena, ocupando diversos puestos públicos: fue diputado, ministro de Hacienda y presidente de Chile entre 1881 y 1886 (Fuentes y Cortés 1963: 282-283; Aguirre Mac-Kay [et al.] 1981-1986, 3: 953-960). 261 Jorge Segundo Huneus Zegers. Abogado y profesor universitario, fue ministro de Justicia y parlamentario. Casó con Domitila Gana. Murió en 1889 (Fuentes y Cortés 1963: 240; Aguirre Mac-Kay [et al.] 1981-1986, 3: 949). 262 Manuel José Irarrázaval Larraín (Santiago, 1834 - Nueva York, 1896). Mayorazgo de su familia en Chile, poseía las haciendas de Illapel y Pullalli. Fue periodista, parlamentario y ministro de Estado (Fuentes y Cortés 1963: 161-162; Aguirre Mac-Kay [et al.] 1981-1986, 3: 1046). 263 Los chilenos habían llegado a Mollendo varios meses antes. En carta a Isabel Errázuriz desde ese puerto, a bordo del «Blanco», el 13 de marzo de 1880, el chileno Máximo Lira manifiesta: «El ferrocarril que sale de este puerto pasa por Arequipa y Puno y llega a las orillas del lago Titicaca en la frontera boliviana. Es una línea importantísima construida a todo costo por los gobiernos de este país en sus tiempos de opulencia. La estación de Mollendo no tiene igual, ni siquiera semejante en ninguna de las de Chile. Sus oficinas son de todo lujo y su maestranza completa; pues bien; de todo eso ya no queda un montón de escombros. El fuego devoró todo lo que pudo; donde el fuego era impotente entraban el combo y la pólvora; donde estos no bastaban, la dinamita hacía terrible estragos. ¡Qué espléndidos e imponentes fuegos artificiales hemos tenido en estos tres días! Penetrando hacia el interior destruimos también la estación de Mejía a nueve millas de Mollendo, y la línea con sus terraplenes y cortes en una extensión considerable. Por otro lado se quemaba en Islay el muelle y la aduana — al muelle de aquí le llegará su turno mañana—, y en esta ciudad el fuego, encendido por la soldadesca desenfrenada reducía a ceniza la tercera parte de la población. Así, pues, en una extensión de veinte millas la costa peruana era una inmensa hoguera en que se consumía millones, marca de fuego aplicada a la frente del Perú en castigo de su deslealtad. Puede ser muy bien que las cenizas de estos incendios no se enfríen ni en medio siglo y que ellas sirvan para fecundar las semillas de odio que vamos sembrando a nuestro paso por este territorio; pero ¡qué hacerle! Eso es la guerra y es preciso llevarla delante de manera que nuestros rigores acerquen su término. Las destrucciones menores del telégrafo y otras propiedades fiscales casi no merecen ser tomadas en cuenta en presencia de esas ruinas colosales. Mollendo, linda ciudad espaciosa, elegante, llena de jardines y de platanales necesitará, para seguir viviendo que se opere 841

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