públicamente sus aprestos revolucionarios, si en el Ejército no encontraran un punto de apoyo. Desgraciadamente, existen todavía en él jefes y oficiales netamente pierolistas, cuya permanencia en filas a la vez que no inspira la menor confianza, es un incentivo para los trastornadores del orden público, que ven en estos jefes y oficiales a sus camaradas de la Revolución del 95, a sus improvisados subalternos de esa época, a los que recordándoles su antigua filiación, los favores recibidos y clases conferidas tienen indudablemente, siquiera, que zozobrar sus voluntades en la disyuntiva de cumplir honradamente su misión augusta sin vacilaciones, sosteniendo el orden, ahogando el trastorno con toda severidad posible, desoyendo las pérfidas instigaciones de sus jefes y correligionarios políticos; o prestarse a la cooperación del plan revolucionario bajo la falsa creencia de que los cinco partidos coaligados y la mayoría de la Cámara de Diputados forman la mayoría del país, y que las elecciones se están realizando con el desconocimiento que esta mayoría hace de la Junta Electoral Nacional y demás irregularidades sustentadas por la Alianza Liberal, que tacha de ilegal la próxima elección presidencial. Dudosa es, pues, señor Candamo, la conducta que puedan observar los jefes y oficiales pierolistas, y ante esta expectativa por demás azarosa que pone en inminente peligro no sólo los intereses de nuestros partidos, sino aun los generales de la República, juzgo imperiosa e ineludible la necesidad de unificar el Ejército separando de él todos los jefes y oficiales de conocida filiación demócrata. El Ejército está hoy dividido casi por mitad al mando de jefes constitucionales y pierolistas; sin darme cuenta, señor Candamo, he llegado a tocar este punto ajeno al objeto de la comisión encomendada por el Comité de Tumbes, porque creo cumplir con un deber de honradez política comunicando a usted los temores que yo y muchos miembros del Partido Constitucional abrigamos de las próximas elecciones a la sombra de un Ejército profundamente dividido no sólo por intereses de partido, sino aun por la notable desigualdad que separa a los profesionales de los improvisados. A esto se agrega que los jefes y oficiales pierolistas hacen pública su simpatía por los jefes demócrata y liberal, y su odiosidad por los de los partidos Civil y Constitucional, a los que apodan con los más soeces insultos. Lo que me he permitido decir del Ejército debo decirlo también de las autoridades políticas, las que en su mayor parte son de la misma filiación política; con elementos así no es posible esperar elección tranquila, y si he de ser franco, séame permitido declarar que no son los partidos de oposición los que amenazan hacer la revolución, sino los que 737
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