personalmente me anunciaba su buen resultado. Efectivamente, con fecha 2 de noviembre de 1896 el Supremo Gobierno tuvo a bien expedir un decreto en virtud del cual se me asignaba durante cinco años una pensión de 500 francos mensuales pagadera por semestres adelantados, a fin de que yo pudiera realizar tres cuadros, de los cuales uno concerniente a la historia incaica, comprometiéndome de enviarlos al Perú dentro de los cinco años. En base de este decreto, que me procuraba la feliz ocasión de realizar lo que de tanto tiempo deseaba, di principio al programa de mi obra, ya madurada durante siete años de constancia y estudio. Tomé por consiguiente serios compromisos para el implanto [sic] estable de cinco años de laborioso trabajo, habiendo determinado comenzar por el sujeto incaico «el Raymi». Comencé por el contrato de un vasto estudio, para crearme el ambiente, y principié la reconstrucción de la arquitectura, ornamentación interior, costume, joyas, armas y armaduras, me aboné a un gran número de obras arqueológicas costosísimas, contraté modelos, etc. Todo esto fue preparado y resuelto en un año de trabajo febril y tenaz, pues de día hacía el arquitecto, constructor, carpintero y escultor, de noche el joyero, el dorador, el sastre, etc.: un año bastó y mi estudio se transformó en un verdadero Raymi que yo podía ver y tocar. Sería minucioso detallar el escrupuloso y paciente estudio que precedió la reconstrucción de los personajes que yo he querido evocar; sólo después de doce años de concienzudo estudio en todos los museos de Alemania, Inglaterra, Francia, España e Italia me doy cuenta de lo que fue el fantástico imperio de los hijos del sol y del que apenas quedan hoy los vestigios. Convencido de que por primera vez la triste historia de mi patria cesaría de ser calumniada y ridículamente interpretada, penetrado del carácter severo, grandioso de su arquitectura, del esplendor interno de sus palacios, del tipo melancólico y profundamente grave del Inca, hasta de la sincera y enigmática dulzura del último curaca, pensé de fundir toda esta armonía y serenidad pasada en el símbolo de esa hermosa religión, la luz del sol. Y en el momento de realizar este hermoso ideal un incidente desgraciado ha venido a interrumpirlo todo. A principios de mayo de 1900, un cablegrama del señor ministro de Fomento me comunicaba más o menos lo siguiente: «Por rehusar exponer 676
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