El Perú desde la intimidad

política su permanencia en la ciudad.139 En noviembre del mismo año regresó a Lima Manuel Candamo, y así concluyó el segundo destierro. 140 La guerra civil entre Cáceres e Iglesias no fue un enfrentamiento por la defensa de una ideología; tampoco existía entre ambos jefes una discrepancia profunda sobre el gobierno del Perú; igualmente, ninguna injuria podría señalarse como razón de la lucha. En la raíz profunda de estos acontecimientos se halla, sin duda, un conjunto variado y confuso de recuerdos, de objetivos frustrados, de memorias de desafectos, que llevaron a la lucha por el poder cuando la sociedad peruana necesitaba la conciliación para la tarea inmensa que significaba reconstruir el país. f) Viaje a Eten en campaña electoral (1897) Se trata al candidato a cuerpo de rey. (Eten, 7 de junio de 1897) Las dos cartas de esta etapa corresponden a junio de 1897, cuando Manuel Candamo se encontraba en Lambayeque en campaña electoral, aspirando a una senaduría. En efecto, entre 1899 y 1902 fue senador por Lambayeque (Congreso de la República 1998: 707-761), departamento con el cual tenía vínculos por su participación en la empresa del ferrocarril de Eten. 141 Estas cartas son reveladoras del estilo con el que se desarrollaban las campañas electorales —el «ritual electoral»142 de entonces—, todo lo cual es presentado por Candamo con gran sentido del humor y con su característica ironía. Se aprecia, pues, la campaña como una gran fiesta, en la cual la cerveza tiene un claro protagonismo, unida a las bandas de música y a los bien provistos banquetes. En definitiva, estas cartas son un fiel reflejo del «activismo electoral» que se dio con intensidad en el siglo XIX, el cual no ha sido ponderado adecuadamente por la historiografía —centrada mucho más en los golpes de Estado—, salvo recientes aportes que sí lo ponen de relieve (Aljovín 2005: 21; Monsalve 2005; Ragas 2003). Sin embargo, debe recordarse que en el año anterior a la redacción de estas cartas —1896—, se había promulgado la ley electoral que puso fin a la etapa de las elecciones indirectas. Ya con las elecciones directas se centralizó la organización de los procesos y se redujo el universo de votantes solo a los alfabetos. La centralización permitió que ya no se dieran los «tradicionales» fenómenos de las tomas de mesas de sufragio y otras anomalías antes frecuentes (Aljovín 2005: 70; Peralta 2005: 78-79). Además, la ley de 1896 estableció 55

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