El Perú desde la intimidad

Parece que el clima de Rancagua es muy peligroso por los violentos cambios de temperatura que allí tienen lugar: imagínate que en un solo día hay variaciones en el termómetro de veinte grados. Para resistir cambios como esos se necesitan pulmones de fierro y los que no están acostumbrados a ellos necesitan tomar las mayores precauciones, pues al menor descuido pueden enfermarse. Aquí los cambios no son ni siquiera parecidos a ésos. En mi cuarto tengo un termómetro y observo que varía únicamente entre los 16 y 19 grados. En la calle al lado del sol la temperatura debe ser mayor y la diferencia al aire libre entre la de la noche y la del día no es muy considerable. El lunes fue santo de Macandrew y nos convidó a Viña del Mar, en donde está viviendo con su familia, a Correa y a mí. Fuimos en el tren que sale de aquí a las cinco y media de la tarde y a los pocos minutos llegamos. Como ya era tarde no paseamos por el pueblo y de la estación fuimos directamente al hotel, que está muy cerca. Macandrew y su familia ocupan en él un departamento de no sé cuántos cuartos, pues nosotros no conocimos sino el pequeño saloncito. Comimos en el comedor común, que es muy espacioso, muy bien tenido, y que tiene muchas mesitas para cuatro personas. En una de ellas nos instalamos nuestro anfitrión, su mujer, la indispensable suegra y los dos convidados. La comida fue la corriente del hotel y que me pareció bastante bien, no habiendo de extraordinario sino una botella de champagne que consumimos a la salud del beneficiado. Jugamos un rato rocambor de roña y a las diez tomamos el tren que pasa por allí y nos regresamos. Me felicitas en una de tus cartas porque estuve de convite y te aseguro que maldita la gracia que me hacen. No he tenido otros que en casa de Macandrew y aquel en casa de Mr. Viollier. Me dices que no sabes quién es este caballero y sin embargo te dije de él cuanto tenía que decirte; que es un francés que conoció Elías en los baños de Cauquenes y de quien desde entonces se hizo muy amigo; que es comerciante, tiene un almacén de artículos navales y no sé qué agencias, vicecónsul del Brasil, casado con una señora brasilera, con tres hijos y que vive en la punta de un cerro. Con esto y con añadir que es hombre muy fino, muy servicial y nada charlatán, de buena figura y de cuarenta y tres o cuarenta y dos años de edad, te doy de él cuantas señales puedo darte y le conoces casi tanto como yo. 442

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