N° 163 Por G.R. Chillán, miércoles 25 de julio/1883 Mi querida Teresa: Estamos bajo la dolorosa impresión que nos ha producido el parte telegráfico de Lynch al gobierno transcribiéndole lo que desde Huacho le comunicó un ayudante de Gorostiaga respecto al combate de Huamachuco. Mil muertos más o menos de nuestra parte, entre ellos muchos jefes y personas conocidas, un gran número de heridos y solo cincuenta y tres muertos y ochenta y tantos heridos de parte de los chilenos. ¿Cómo ha podido ser eso? Y ¿cómo mil seiscientos hombres han podido obtener un triunfo tan considerable sobre cuatro mil y ponerles fuera de combate la mitad, no perdiendo sino unas cuantas decenas? Tal vez no toda la gente de Cáceres estaba armada con rifles, sino una pequeña parte; tal vez se hallaba escasa de municiones; o no llegaba ni con mucho a la cifra que dice el parte. Pero sea cual fuere la causa de la derrota, lo que no deja duda es que la tropa chilena se entregó con toda ferocidad a la matanza de prisioneros o que debían ser tales, pues no es posible explicarse de otro modo tan espantosa mortandad de nuestra parte al lado de una tan insignificante del suyo. Pronto se sabrá la verdad de todo lo ocurrido y se conocerá la causa de esa cruel hecatombe. 503 La muerte del pobre Jesús Elías 504 me ha causado grandísimo pesar y como era natural ha impresionado mucho a Carlos, el cual tenía presentimiento de esa desgracia desde que leyó el anterior telegrama en que se transcribía la noticia del combate, que transmitió Gorostiaga el mismo día 10 en que tuvo lugar. Se ha cumplido, pues, o se está cumpliendo lo acordado por los señores Castro Zaldívar y Lavalle con el señor Novoa. «Las tropas chilenas se retirarán de Huaraz, después de dispersar las montoneras de Recavarren y Elías». Así decía el primero de ellos a su hijo político Vidal García y García 505 en aquella famosa carta que todo el país conoce: esa noticia la daba como resultado de lo acordado con el plenipotenciario chileno. Ya están dispersadas esas montoneras y para ello no se [ha] necesitado sino dejar muertos en el campo mil hombres y otros tantos heridos. 407
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