El Perú desde la intimidad

presentó en la comida, hecho con un ají que su mujer mandó de Lima al cuico Flores, y que hallamos muy de nuestra satisfacción y agrado. No era por cierto como de manos de mi suegra, pero recordándonos tiernamente la patria, la familia y el hogar nos consagramos a él con entusiasmo y no dejamos desairado a su autor. Continúa el buen tiempo; ayer lo tuvimos magnífico y hoy está lo mismo. Eso sí, el frío ha arreciado y anoche fue muy fuerte; trabajo me costó dormirme porque no me entraban en calor las piernas a pesar de que tenía encima un mundo de frazadas, la bata y los sobretodos Nro. 1 y 2. Como en nuestras habitaciones no usamos fuego precisamente tiene que sentirse frío en ellas; pero lo preferimos a exponernos a los dolores de cabeza que con frecuencia causa el brasero. Hoy ha amanecido el día menos frío y en este momento no siento ninguno. Los diarios que recibimos ayer publican la carta de don Francisco García Calderón a Iglesias y la de Lavalle a La Nación de Guayaquil. Respecto a la primera ya sabes cuál es mi opinión. Ese sabio doctor estuvo loco cuando la escribió y si no lo estuvo es indudable que el cautiverio, o más bien el matrimonio, le ha producido una degradación intelectual muy considerable. En cuanto a la del doctor Cervantes, apodo que uno de los compañeros ha puesto con mucha gracia al de Lavalle, lo que naturalmente ha llamado más mi atención, como es probable que haya sucedido con todos, es aquello de que se iba de Chile libremente y sin condición ninguna y que acudió a la cita que le dio el presidente por qué sé yo qué y por deferencia al jefe del estado por que transitaba; ni más ni menos que el embajador de Rusia en Francia que de tránsito en Berlín recibe una invitación del Emperador de Alemania para conferenciar un poco sobre algún grave asunto de la política europea. Lo que cuenta de sus conversaciones con García Calderón y Santa María debe ser cierto; sobre eso no tengo datos para juzgar. Ese maldito prurito de Francisco García Calderón de escribir esas sendas epístolas ya al uno ya al otro, y el sistema de las copias de mano en mano y reproducidas hasta el infinito, es cosa que no he podido comprender y que no ha servido sino para dañar. En fin, esperemos con resignación que termine este cautiverio y mientras 395

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