El Patito feo

se erguía una antigua mansión rodeada por un profundo foso. Entre éste y los muros crecían plantas de grandes hojas, algunas lo bastante amplias como para que un niño pudiera estar de pie bajo ella. Y allí entre las hojas, tan retirada y escondida como en lo profundo de una selva, estaba una pata empollando. Los patitos tenían que salir dentro de muy poco, pero la madre se sentía muy cansada, pues la tarea duraba ya demasiado tiempo. Para empeorar las cosas, sólo recibía muy contadas visitas, pues sus congéneres preferían nadar en el foso más bien que ir moviendo la cola hacia el nido de mamá pata para charlar con ella. Por último, uno tras otro, los huevos empezaron a crujir suavemente. “Chuí, chuí” dijeron. Toda la cría acababa de venir al mundo y estaba asomando sus cabecitas. -Cuá, cuá -dijo la pata, y al oírla los patitos respondieron a coro con sus más fuertes voces

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