El otro partido

provincia. Luis Ridout, director técnico del Colegio Nacional de Iquitos, denominó al pacto de caballeros como «la argolla». Al respecto, el diario La Crónica contextualizó esta práctica al comentar sobre la situación de Ridout: «[Él era] uno de los entrenadores más capacitados del medio. Sin embargo, tiene que buscar en el interior39 la oportunidad que le niegan esas “argollas” que tienen que desaparecer con la ley del deporte» (La Crónica, 11 de febrero de 1973). En ese entonces, el patrimonialismo se cernía sobre Lima; desde esta perspectiva, se leía la actuación de los equipos de provincias como pobre. Pocho Rospigliosi representa esta forma de pensar: «no se puede esperar la aparición de grandes figuras en estos Torneos de la Copa Perú. Son jugadores nuevos que vienen haciendo sus primeras armas» (La Crónica, 16 de febrero de 1973). De hecho, la Copa Perú fue uno de los principales espacios que retó el liderazgo de los «caballeros» de Lima y Callao. La primera edición de la Copa Perú se jugó en 1967 gracias a la iniciativa de Víctor Nagaro, entonces designado por el presidente Fernando Belaunde Terry como director del Comité Nacional de Deportes, con las ideas del periodista deportivo Rodolfo Espinar. Nagaro tuvo la intención de visibilizar los clubes de fútbol amateurs de las provincias que no participaban de la Primera División. Luego de una etapa departamental, en la que se elegía a un club por departamento, seguía la etapa regional, en la cual el primer club de cada región (Norte A, Norte B, Oriente, Centro, Sureste y Sur) disputaba un hexagonal final. Aunque muchos de los clubes de la Copa Perú eran igual o más antiguos que los clubes de Primera División y compartían los mismos espacios de origen, no eran considerados como iguales, pues se decía que contaban con jugadores de menor calidad, poco experimentados y sin mayores recursos. Aunque ello era parcialmente cierto, vale recordar que los clubes de Lima, en particular, y los de Primera División, en general, también carecían de sostenibilidad económica y dependían del ingenio y vinculaciones de las dirigencias. El capital social, por tanto, terminó siendo determinante al momento de canalizar favores para sostener al club. Así pues, los clubes de provincias, al no ser partícipes del «pacto de caballeros», debían disputar espacios representativos en el liderazgo deportivo nacional, lo que más adelante abriría un periodo de tensiones que se expresará entre la FPF y la ANFP. Como recuerda un ex miembro de la ANFP: De ahí, lo que no habían previsto los equipos limeños que preconizaban esta descentralización, como este presidente del IPD [entonces CND], Nagaro, es que 80

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