El otro partido

Testigos de la época recuerdan que, ante la prohibición, en los mercados y las plazas públicas se anunciaba la presentación de los jugadores sancionados de Alianza en alguna cancha o terreno que rodeaba la ciudad. Pampa de Amancaes, Lince y Lobatón, Vitarte, Lurín, Pachacamac,y Chilca eran, entre otros, los lugares donde ocurrían estas presentaciones. Al terminar los partidos, los jugadores se repartían la taquilla y separaban un monto para los gastos del club. Acaso por esta dinámica, el Club Alianza Lima comenzó a ganar la fama de vincularse a los sectores populares más que otros equipos. El periodista Varleiva, testigo de estos hechos, recuerda con claridad: Alianza vino a jugar acá en Manzanilla, cerca de Barrios Altos. Todo el barrio fue a verlos jugar, grandes, chicos, señoras, todos, pero también de otros barrios, de distintas partes seguían a los negros, eran un equipo popularísimo (…) y hasta los blancos venían en sus carros, era blancos seguidores de los negros (…) todo Manzanilla rodeado de autos, nunca había pasado” (citado en Panfichi, 2008a). En un contexto en el que ya se transitaba hacia formas embrionarias de profesionalismo, el Club Alianza Lima, desde sus orígenes en 1901, seguía manteniendo una estructura comunitaria o familiar de funcionamiento. Los jugadores manejaban directamente el club sin mayor diferenciación de roles que no fueran el carisma y el liderazgo personal de los más emblemáticos. La institución también contaba con benefactores que eran nombrados presidentes honorarios y que aportaban económicamente en momentos de necesidad e intercedían con las autoridades usando sus contactos personales. Algunas versiones tratan de vincular al presidente Leguía en una suerte de padrinazgo con el club victoriano, pero no existe ninguna evidencia al respecto. La hipótesis del padrinazgo no resiste el menor análisis si recordamos que las sanciones disciplinarias a los jugadores fueron impuestas por una dirigencia nombrada precisamente por el gobierno de Augusto B. Leguía. Los jugadores aliancistas habían desarrollado fuertes vínculos de confianza y compadrazgo que traspasaban el mundo del fútbol e involucraban otros espacios como la fábrica, el trabajo, la familia y el barrio. De allí que se los conociera como «los íntimos de La Victoria», en referencia a que compartían la noción de intimidad como rasgo central de sus vidas. Sin embargo, el fracaso de la selección peruana en el Campeonato Sudamericano de 1929 en Argentina, donde quedó última de cuatro equipos, generó muchas críticas y expresiones populares de descontento, las cuales se combinaban al salir de los estadios con la 53

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