patrón común presente en la formación de clubes de diferente escala y espacio social. Por lo general, los clubes se organizaban como una iniciativa de pares (escolares, vecinos, universitarios, trabajadores), pero solían contar con un benefactor, convertido en padrino y presidente honorario —también llamado presidente protector o presidente perpetuo—, que financiaba la indumentaria, los gastos de la competencia, y «protegía» al club. Este podía ser el dueño de un negocio local del barrio, el gerente «gringo»15 o peruano de una fábrica textil o empresa exportadora, el director o maestro de una escuela, un político o parlamentario, una alta autoridad política o miembro de una adinerada familia de élite; lo importante es que fuera una persona con recursos y considerada honorable. Así pues, debajo de esta figura patriarcal se ubicaba la directiva del club encabezada por el presidente activo, el tesorero y los vocales. La honorabilidad en aquella época se determinaba según la participación en la vida social de la clase alta, aunque, siguiendo a Bourdieu (1979), era la posición social en una clase alta la que determinaba la condición de honorabilidad. Esta forma de organizarse era muy extendida. Por ejemplo, el 9 de junio de 1902, un grupo de estudiantes del Instituto Chalaco fundó el Club Atlético Chalaco y nombró como «presidente honorario perpetuo» al señor Augusto Cazorla, director de este centro de estudios; el cargo de presidente activo del club recayó en Roberto Suárez. Lo mismo sucedió con el Club Leoncio Prado, fundado por jóvenes de los barrios de la calle Juan Castilla, quienes lograron el apoyo de los hermanos Mariano Ignacio Prado Ugarteche y Javier Prado Ugarteche, a quienes nombraron presidente y vicepresidente honorarios vitalicios; el presidente activo fue el señor Julio Vizcarra. Otros casos similares fueron los de El Sportivo Victoria (1902), con Carlo Roe como presidente honorario y Torcuato Dancourt como presidente activo; el Club Barros (1902), con su presidente protector Pedro Barros y Manuel Herrera como presidente activo; el Club Sport Mercedarias (1903), con su presidente honorario, el profesor Ramón Espinoza y su presidente activo, el estudiante Melchor Suárez; incluso el Club Alianza Lima (1901) tuvo como su primer presidente protector a Carlos Pedreschi y como presidente activo a Manuel Aranda. En suma, la primera generación de dirigentes incluía a miembros de las élites oligárquicas modernizadoras, pero la rápida difusión del fútbol en otros sectores de la sociedad y su capacidad para crear identidades locales produjo una segunda generación de dirigentes que, si bien se organizaron 38
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