Definimos institucionalización como el proceso de instalación de sentidos específicos en los individuos, es decir, de prácticas y lógicas que se dan por sentado y que son difícilmente cuestionables por los sujetos cuando el marco de la acción se circunscribe a instituciones específicas (Jepperson, 1991; Thomas y otros, 1987). Así, estos sentidos específicos se convierten en lo socialmente definido como real (Zucker, 1977) y, por ende, como el marco de referencia que forma las posibilidades de acción de los sujetos. Cuando se identifican actos repetibles y de comprensión compartida por parte de los actores es que se puede hablar de un proceso de institucionalización (Zucker, 1977). El institucionalismo histórico como enfoque nos ayuda a pensar que el campo o mundo del fútbol está formado y organizado por una compleja red de grupos de interés y organizaciones diferenciadas, cada una con dotaciones asimétricas de poder e influencia (Pierson & Skocpol, 2008). En la gestión del fútbol peruano existen dos organizaciones que cumplen con el papel de reproducir prácticas y hábitos políticos. Por un lado, en el ámbito local, tenemos a los clubes de fútbol profesional, que mayormente son asociaciones autónomas de ciudadanos que se agruparán en ligas y federaciones desde las cuales procurarán incidir en la política deportiva nacional —muchas veces, con éxito—. Por otro lado, a nivel nacional, están la Federación Peruana de Fútbol (FPF) y la Asociación Deportiva de Fútbol Profesional (ADFP). En este esquema, las instituciones no son consideradas como organizaciones unitarias, unas más eficientes y complejas que otras, sino como el conjunto de procedimientos formales e informales, rutinas, normas o convenios enquistados en la estructura organizacional de la política, y se convierten en el principal factor que moldea el comportamiento colectivo (Hall & Taylor, 1996, p. 937). Durante el siglo XX, el patrimonialismo se consolidó como la cultura de gobierno del fútbol profesional, al punto de institucionalizar una manera de interactuar basada en el peso del «caballero» que moviliza la agenda deportiva. La presencia del «caballero» benefactor está desde los inicios del fútbol, tanto en los clubes como en las primeras asociaciones deportivas nacionales —gracias a una política personalista y oligárquica del Estado peruano—. Décadas después sería el salvavidas de la selección nacional de fútbol al legitimar la práctica con resultados deportivos. Asimismo, al promoverse la participación regional de los clubes, la lógica de caballero se trasladaría a otra escala a los emergentes clubes provincianos. 19
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