empresarial y de mercado. Esto cambiaría en la década de 1990, cuando las reformas de ajuste estructural emprendidas por el gobierno de Alberto Fujimori, por un lado, y la conversión de la organización FIFA a un modelo de negocios, por otro, suponen la transformación radical de los términos del campo del deporte profesional y dan solución a la crisis. El ingreso de grandes flujos de dinero ante un escenario de crisis económica posicionó a un nuevo grupo de dirigentes, dejó en el olvido la figura del mecenas y debilitó la legitimidad de la «decencia». Si al principio las relaciones patrimoniales dependían del estatus del dirigente, en la década de 1990 se establece una relación de clientelismo en la cual los logros deportivos se colocan en un segundo plano para dar lugar a favores que benefician con dinero y poder a quienes son partícipes del nuevo acuerdo —a saber, los sobrevivientes de las cruentas disputas en la década de 1980—. El clientelismo es uno de los repertorios de acción del patrimonialismo, una estrategia de intercambio social basado en lealtades condicionadas y transacciones asimétricas mutuamente beneficiosas (Breuer, 2016). El señor o patrón proporciona recompensas materiales, protección y acceso a recursos diversos, mientras el cliente ofrece a cambio servicios personales. lealtad y apoyo político (Audelo Cruz, 2004). De este modo, el estatus del dirigente dejará de depender de su posición social o de su capacidad para aportar o canalizar capitales y sacar adelante al equipo. Ahora se supeditará, sobre todo, a su capacidad de acceder al financiamiento promovido por el aparato de la FIFA. Los que no pueden hacerlo —y son un número significativo— buscan sobrevivir o usar el fútbol como trampolín a la política o a los negocios. Entre estos se infiltran algunos avezados depredadores que buscan lucrar con este deporte. En la década de 1990, la gestión del fútbol peruano parecía dominada por la lógica de las prebendas, orientada sobre todo a conseguir el apoyo de los dirigentes departamentales en las elecciones (y relecciones) de las máximas autoridades de la FPF. Un modelo, por cierto, que hace mímesis en una escala menor del sistema establecido por la FIFA de João Havelange en la escala global, pero que engancha bien con las ya instaladas lógicas patrimoniales con las que se gobernaba el fútbol nacional. Creemos que son precisamente estas prácticas las que se institucionalizan en las organizaciones y las convierten en estructuras frágiles y sujetas a los vaivenes de la política personalista. 18
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx