El otro partido

nacionales, que son miembros asociados y, en la mayoría de los casos179, sociedades particulares sin ningún tipo de control público en sus países de origen (Velásquez-Ruiz, 2015). Esto ha permitido constituir un negocio transnacional en el que ha primado la distribución de las ganancias de manera no ortodoxa, bajo el principio de las necesidades particulares de cada miembro, pero siempre usando el capital ganado para el beneficio de todos los miembros (Eisenberg, 2006). Así, la FIFA solo recibe el 1% de sus ingresos como aportes de sus miembros; sin embargo, reinvierte en ellos las ganancias que genera en los torneos. Esta dinámica de contribuciones y reinversiones tiene una importante consecuencia en la elección de cargos políticos. En las Naciones Unidas, por ejemplo, los aportes de las naciones son proporcionales a la capacidad económica de cada país. Asimismo, las comisiones especiales y órganos de decisión dependen de distintas variables. Esto no ocurre en la FIFA, pues todos los miembros aportan por igual —una cantidad ínfima— a la organización central y a cambio reciben atención «personalizada» en función de sus necesidades. Más aún, todos los países están en igualdad de condiciones al momento de votar, de constituir comisiones e integrar órganos directivos. De este modo, el presidente de la Federación de Lesoto tiene tantas posibilidades de asumir una comisión organizadora de un torneo como el de la Federación de Brasil. En suma, para ser elegido presidente de la FIFA, el candidato no depende necesariamente de un grupo de países que concentre el poder. Tal es así que Havelange no dependió de la UEFA ni de la CONMEBOL para continuar como presidente de la FIFA; sus votos se encontraron en África, en Asia, en el Caribe, que en las balotas podían hacer frente a sus opositores, a pesar de que se encontraran en naciones con importante trayectoria futbolística. Esta situación encierra también un círculo de precariedad, ya que para mantener la clientela era necesario contar con dirigentes que no reinvirtieran positivamente en la transformación de la competitividad deportiva de sus naciones y, de ese modo, mantener la demanda de recursos siempre activa. Uno de los casos más conocidos es el de Jack Wagner, ex presidente de la CONCACAF, quien logró inclusive organizar un mundial sub 17 en su isla, Trinidad y Tobago. Él y su familia, con fondos de la FIFA destinados a diseñar un centro para el uso del fútbol trinitario, construyeron un centro de excelencia que terminó siendo 180

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