El otro partido

jugadores dependen del beneplácito del caballero para armar un equipo, tener viáticos y competir. En esta relación, los beneficiarios no pueden aspirar a más. A contramano, el clientelismo FIFA ofrece, en teoría, un mercado de competencia por el liderazgo gracias al cual la lealtad será garantizada a aquel candidato que ofrezca las mejores soluciones para los intereses sectoriales del cliente. Con el tiempo, al carecer de competencia real, los intereses del candidato y el cliente estarán alineados, pero dependerán siempre de la entrega de recursos para renovar el vínculo. Estas relaciones podrán prosperar si eluden cualquier control gracias al abandono del Estado y la transformación jurídica de la Federación Peruana de Fútbol (FPF). En efecto, la década de 1990 se caracterizó por la apropiación de la FPF por parte de un grupo de dirigentes vinculados a la FIFA. Este proceso ocurrió gracias al alineamiento del Estado peruano con políticas neoliberales que propugnaban la reducción del aparato público y la minimización de su rol como rector, regulador y fiscalizador del deporte, en general, y del fútbol, en particular —roles que venía cumpliendo desde la fundación de la FPF en 1922—. Este periodo terminó con la designación de Nicolás Delfino como presidente de la FPF en 1992, último dirigente nombrado por el Ministerio de Educación y el IPD. A partir de ese momento, se construyó un nuevo sistema clientelar organizado de tal forma que permitió la perpetuación en el poder de una camarilla dirigencial, sistema que perduró a lo largo de la década e inclusive ingresó al siglo XXI. Este sistema se caracterizó por la coexistencia de varios niveles de administración y gobiernos con autonomía y formalmente democráticos, junto con lógicas informales y personalistas, que caracterizaron la gestión de las organizaciones del fútbol peruano. Estos dirigentes terminaron beneficiando a sus «compadres», personal de confianza o activando nuevas redes para incluir en el aparato a personas que votaron por ellos a cambio de favores. En ese sentido, los hábitos clientelares impregnaron el sentido moderno, empresarial y renovado que la FIFA buscaba instituir en las federaciones de fútbol. De hecho, se puede argumentar que el proceso de modernización institucional de la FIFA es el que promueve la reproducción de prácticas clientelares por dos motivos: 1) desarrolla una jerarquía impecable exenta de mecanismos de control fuera de aquellos diseñados voluntariamente — y cuyo funcionamiento ha sido revelado como ineficaz para controlar la dinámica de favores—, y 2) tal condición permite que los dirigentes a 172

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