El otro partido

tiene palabra. Que incumple sus promesas. Y por lo tanto ha perdido mi confianza. Ya no es el dirigente indicado para seguir al frente de la CSF»166. La respuesta de Salinas fue brutal: Hay dirigentes buenos, bonitos y baratos… yo tendré mis defectos, pero no soy de los baratos. Estoy al frente de un organismo y mi deber es defenderlo. Por eso es que salí al frente cuando despojaron a Chile de la organización del mundial. Mi obligación era hacerlo, así le doliera a quien le doliera. Por eso digo, soy dirigente, pero no de los baratos (La República, 11 de marzo de 1986). Sabemos que Salinas preconizó por un par de décadas una forma amiguista y señorial de gobernar el campo del fútbol profesional en Sudamérica, pero también reconocemos que tuvo mucho coraje para hacer frente a un cada vez más fortalecido Havelange. La resistencia de Salinas a los cambios y a la nueva visión empresarial del fútbol le costó la reelección en la presidencia de la CSF en 1986. Havelange se inclinó por la candidatura del paraguayo Nicolás Leoz, en ese momento vicepresidente de Salinas. A pesar de un previo acuerdo entre varias federaciones sudamericanas para apoyar a Lito, este no logró conseguir siete de los diez votos que necesitaba para ganar la presidencia y retiró su candidatura. Acto seguido, Salinas denunció una confabulación en su contra, tejida por Havelange, Grondona de Argentina, Leoz de Paraguay y Edgar Peña de Bolivia, a quien le ofrecieron la tesorería de la CSF. El 9 de marzo de 1986, en una votación ya sin competencia, Nicolás Leoz ganó la presidencia de la CSF por unanimidad167. La salida de Teófilo Salinas de la CSF permitió el ingreso de un nuevo sistema de gobierno del fútbol en Sudamérica, acorde con las nuevas políticas expansivas de Havelange y la FIFA. Salinas declaró que la elección de Leoz no significaba una real renovación, sino que se estaba poniendo en la dirigencia a un «sujeto manejable»168. Es probable que aquello se debiera, sobre todo, a un alineamiento entre Havelange y Leoz, alrededor de un nuevo proyecto empresarial del fútbol, pero, según Salinas, el costo era muy alto: dejar desatendidos los intereses de los países sudamericanos. Prueba de ello sería que en 1988 se incluyó a Israel dentro del Torneo de la Juventud Americana, lo que provocó comentarios sobre la pérdida de influencia de Latinoamérica en la FIFA, al permitir que un país ajeno a la región participara en el torneo169. El Perú también perdió influencia. El poder de Salinas en la CSF permitía abogar a favor de los equipos peruanos ante cualquier 161

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