definida según los recursos con que cuentan para sacar adelante a sus equipos. Estos recursos se pueden entender como capitales (Bourdieu, 1979), cuyas propiedades, en su dimensión objetivada, son capaces de conferir poder al poseedor (Bourdieu, 1986). Pueden ser capitales sociales (pertenencia histórica a clubes, redes compartidas entre liderazgos deportivos, grupos familiares vinculados al deporte), capitales culturales (conocimientos sobre el manejo del deporte, códigos de conducta sobre cómo se relacionan los líderes deportivos, habilidades para canalizar financiamiento a las actividades futbolísticas) y capitales económicos (disponibilidad de recursos suficientes para subvencionar la práctica del fútbol, acceso personal a individuos o instituciones con solvencia económica). Sin embargo, el capital no se refiere únicamente a recursos disponibles, sino al reconocimiento de las prácticas de grupos dominantes como formas aceptadas de control. En términos de Weber, se trata de la legitimidad de la dominación por los propios dominados. Desde esta lógica, los dirigentes del fútbol son reconocidos como «caballeros» no solamente por su disposición de recursos, sino porque su posición en el campo deportivo es lo que da sentido a tales recursos. Hablamos aquí del estatus socioeconómico, de las vinculaciones a grupos económicos —familiares, políticos y a redes históricamente cercanas al fútbol— que, por su origen, legitiman una forma particular de manejar el deporte. A inicios de la década de 1970 el patrimonialismo ya está consolidado. Si bien muchas de las familias de la antigua oligarquía fueron desplazadas por la política reformista del Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas (GRFA), algunos allegados que trabajaron con ellos y aprendieron tempranamente el manejo del fútbol fueron los herederos de sus prácticas patrimoniales. Estos dirigentes eran reconocidos como «caballeros» y el conjunto de arreglos formales e informales a los que recurrían para gobernar el deporte se denominaba el «pacto de caballeros». Los principales clubes, e inclusive la selección nacional, fueron sostenidos gracias al apoyo de amigos y mecenas con conocimiento del entorno futbolístico. De este modo, el éxito de un dirigente dependía de su capacidad para canalizar capitales sociales, económicos y culturales, todo lo cual impide que el fútbol pueda pensarse como un espacio con reglas claras que trasciendan la voluntad de los dirigentes. 15
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