El otro partido

Olímpico Internacional de la mano del barón Pierre de Coubertin, junto con un puñado de nobles (Goldblatt, 2016). Según Bourdieu (1990), el deporte se convierte en un dominio autónomo, denominado campo, a partir de un proceso de racionalización que tiene por fin garantizar un carácter previsible que se sostenga sobre particularismos. Específicamente se refiere a la creación de un conjunto de reglamentos y a la formación de un cuerpo de gobierno constituido por dirigentes especializados. En otras palabras, regulaciones y dirigentes reclutados entre los «amigos» de las escuelas en donde el deporte se reconoce como tal. Esto quiere decir que la forma que adapta el campo deportivo, en sus orígenes, depende del espacio que asume en las prácticas de la élite. El campo se consolida cuando deja de ser reconocido únicamente por sus orígenes y comienza a ser identificado por otros actores como un espacio que además puede procurar ganancias de distinción. Es decir, el deporte deja de ganar legitimidad en virtud del origen social de quienes conforman el campo y más bien se convierte en una arena independiente que puede conferir estatus a quienes se vinculan a ella. Este proceso de transformación es analizado en esta publicación. El caso peruano sigue una estructura similar. Entre fines del siglo XIX e inicios del siglo XX, personalidades de la oligarquía incorporan los deportes —incluido el fútbol— como parte de un proyecto modernizador y de higiene racial que buscaba educar, disciplinar al pueblo y extirpar los vicios que, según ellos, impedían su desarrollo. Además de ser los artífices de los primeros clubes y reglamentos que gobiernan el deporte, esta élite, a través de relaciones patrimoniales, asumirá el mecenazgo para subvencionar y controlar las actividades de los clubes emergentes. Basando sus acciones en una filosofía moral de amor patriótico, modernidad y decencia, ostentar el respaldo a un club se convertiría en una disposición caballerosa opuesta al rédito económico, y sustentada, más bien, en su potencial para distinguir a quienes piensan, organizan y mantienen el fútbol. El patrimonialismo en el caso que estudiamos está presente como configurador temprano del campo deportivo, tanto en el sector modernizador de la oligarquía y sus operadores en el deporte, como de los nuevos dirigentes de los clubes emergentes y sus formas asociativas de las primeras décadas del siglo XX. El campo deportivo nace como el espacio en donde interactúan los dirigentes futbolísticos (presidentes de clubes, directivos de asociaciones profesionales y federaciones) en una jerarquía 14

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