Macia realizó un trabajo arduo con el seleccionado nacional, el equipo peruano perdió 4-1 ante Brasil, el 11 de mayo de ese mismo año. Las críticas llegaron de todos lados. Algunos se apuraron en culpar a los jugadores, quienes se vieron agotados y poco comprometidos en el campo de juego. José Fernández, el ex DT de la selección, subrayó que se trataría de responsabilidades compartidas dado que, en su experiencia, «siempre se había visto rodeado de una dirigencia de poca capacidad y que en la mayoría de los casos resolvía los problemas a último minuto, perjudicando al pre-seleccionado»132. Ante la pérdida de confianza, y con menos de tres meses al frente de la selección, Pepe dejó el cargo. Cuando el Estado intentó supervisar lo que ocurría en el fútbol, recibió una fuerte arremetida combinada por parte de la federación y de la asociación. En 1989, tras tantas inconsistencias, Maruy, jefe del IPD, llamó a reunión a Josué Grande (presidente de la FPF), Augusto Moral (presidente de la ADFP) y Carlos Castro (presidente de la Comisión Seleccionadora), con el objetivo de plantear soluciones concertadas para el balompié. Las preocupaciones de Maruy giraban alrededor de que la comisión estuviera aceptando partidos y torneos que no le convenían a la selección por una cuestión económica; que no hubiera entrenador oficial; que no se tuviera claro si la prioridad era el campeonato nacional o la selección peruana; y que la asociación no estuviera cumpliendo su rol de bisagra entre los clubes y la comisión seleccionadora133. Sin embargo, este intento del Estado de ordenar el deporte fue obstaculizado por Teófilo Salinas, quien, a pesar de haber dejado la presidencia de la Confederación Sudamericana, aún era una figura muy influyente del balompié nacional. Salinas declaró a la prensa que el IPD no tenía por qué intervenir en la selección de fútbol y que su deber era velar únicamente por la infraestructura y los estadios134, declaraciones que ciertamente no hubiese dado una década atrás, cuando el INRED financiaba parte de los esfuerzos del seleccionado nacional. Un mes después, la ADFP y la FPF, con el apoyo del senador Rafael Eguren, se enfrentaron con el IPD, cuando Maruy acusó a la asociación de ser una mafia revendedora de entradas. Ellos, por su parte, culparon al IPD de vender sus 600 pases de cortesía, con lo cual se redujo la capacidad recaudadora de los clubes por taquilla135. La década cerró con una asociación inmersa en la FPF, pero sin recursos, sin gestión eficiente y con una selección nacional agotada. El desorden de las dirigencias funcionó como un círculo perverso y no 149
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