El otro partido

sostienen la dominación patrimonial son el honor y la piedad, sobre las que descansan la docilidad de las masas y la limitación de críticas a quienes ejercen el control. Las élites mantienen la legitimidad de su dominación mediante la fuerza de la tradición, pero también a través de su capacidad para presentarse como portadores de una ética caritativa expresada en las políticas de los aparatos de gobierno (Zabludovsky, 1993). Esta forma de dominación no es exclusiva de las sociedades tradicionales, sino que está presente también en Estados de creación más reciente, como las repúblicas latinoamericanas, en donde la tradición pierde fuerza sin lograr ser remplazada del todo por la modernidad legal-racional (Centeno, 2016; Morcillo & Weisz, 2016). En esta situación hibrida o de cohabitación entre la tradición y la modernidad legal-racional, la dominación se sostiene a través de un sistema personalista de incentivos o transacciones materiales desiguales. (Roth, 1971, citado por Breuer, 2006 p. 259). Se trata de arreglos jerárquicos de poder que dominan con regularidad la interacción social entre los dominantes y dominados (Morcillo & Weiz, 2016). De acuerdo con esta perspectiva, cuando la dominación patrimonial se extiende, los «señores» que ejercen el poder económico y político se rodean de un círculo de amigos y familiares confiables y dependientes, que lo ayudan en la gestión administrativa a cambio de algún tipo de prebenda material o simbólica. Por lo tanto, el «señor» seleccionará a personas ligadas a él o reclutadas a través de círculos extendidos de confianza. De esta manera se crean redes de interacción e intercambio en las que los vínculos personales tienen un fuerte componente de «respeto», «fidelidad» y «reciprocidad», incluso cuando las asimetrías del poder son considerables (Centeno, 2016). La «decencia» como narrativa justificadora de las acciones de las élites se encuentra en los orígenes mismos del deporte. La transformación de los juegos populares en deportes regulados tuvo lugar en las escuelas, sobre todo inglesas, reservadas para la sociedad burguesa. La diferenciación entre la práctica mundana y el deporte como disciplina se enraíza en la elaboración de una filosofía del deporte que es, inherentemente, una filosofía aristocrática: el deporte educa en la disciplina, imprime valentía, energía, iniciativa, espíritu de empresa y otros atributos dignos de «una disposición caballerosa totalmente opuesta a la búsqueda vulgar de la victoria a cualquier precio» (Bourdieu, 1990). La nobleza de tales virtudes se expresa también en la condición de quienes las profesan, siendo acaso uno de los mejores ejemplos la consolidación en 1894 del Comité 13

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