desapariciones perpetradas por Sendero Luminoso y el Estado alcanzaron las setenta mil víctimas, aproximadamente (CVR, 2003, p. 17). A lo anterior se suma una grave crisis económica. Los gobiernos democráticos heredaron del GRFA un aparato estatal sobredimensionado, endeudado e ineficiente que no respondía a las nuevas dinámicas económicas internacionales. El modelo estadocéntrico entró en dificultades (Panfichi & Coronel, 2009, p. 84). No es extraño, entonces, que Belaunde iniciara su gobierno desmantelando parcialmente la presencia del Estado en la economía, al mismo tiempo que buscara crear las condiciones para atraer la inversión privada en los sectores primario-exportadores. El siguiente gobierno, el de Alan García, intentó retornar a una economía heterodoxa, pero la capacidad de gasto del Estado era mínima en tanto las reservas se encontraban reducidas por el pago de la deuda externa heredado del GRFA, la cual García se negó a pagar y, en consecuencia, condenó al Perú como país «inelegible» ante los ojos del Fondo Monetario Internacional (FMI). Dicho gobierno concluyó en una hiperinflación sostenida que varió de 114,5% en 1988 a 2775,3% en 1989 y 7649% para 1990 (Rochabrún, 2009, p. 424). Los efectos sociales de la crisis fueron devastadores. Solo en el sector privado se perdieron 400 000 puestos de trabajo, mientras que en el sector público se redujeron en 300 000, aproximadamente. En consecuencia, el trabajo informal se convirtió en la principal fuente de sustento de los sectores populares (Balbi & Arámbulo, 2012, pp. 254-256). Crecimiento demográfico, crisis económica y demandas sociales desoídas constituyeron una situación de «desborde popular», expresión que emplea Manuel Matos Mar para referirse a la incapacidad estatal para contener y canalizar el descontento popular ante el desempleo y la violencia. En este contexto, las erradas respuestas desde el Estado precipitaron la creación de nuevas formas de organización social urbana basadas en redes solidarias alrededor de asociaciones de migrantes. Así, a pesar de la dura crisis, estos grupos constituyeron zonas de resistencia ante la incertidumbre. Entre ellas, el fútbol se reconoce como el refugio semanal en donde el migrante satisface el sentido de pertenencia y cohesión (1984). De hecho, en un país profundamente fracturado por la crisis y la negación del otro, el fútbol fue uno de los pocos vehículos que mantuvo, cual comunidad imaginada, cierta sensación de continuidad sin que existiera mayor promoción de un proyecto político: «Solamente el deporte vuelve a establecer una cierta unidad en los gustos. Cuando la 128
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