deportivos. Probablemente por eso Salinas fue prácticamente ignorado por Videla cuando se encontraron en Córdoba a ver el partido entre el Perú y Escocia. El dictador prefirió, sin embargo, conversar con Havelange, quien movió cielo y tierra para mantener la sede del mundial en Argentina, a pesar de las quejas de múltiples países que denunciaban la realización de un evento deportivo tan importante en un país donde gobernaba una dictadura. Al finalizar la década de 1970, Salinas defendió la candidatura de Chile como sede de la Copa Mundial Juvenil de 1985; iniciativa que prosperó. Sin embargo, Havelange intervino para arrebatar la sede a Chile y otorgarla a la Unión Soviética en atención a los intereses de Coca Cola, empresa que prometió a la FIFA siete millones de dólares para cada mundial de fútbol y que buscaba consolidar su presencia en el mercado ruso y rivalizar con el dominio de Pepsi (Sebreli, 1998). Este episodio fue uno de los determinantes en acelerar la salida de Salinas en 1986. De este modo, aquella década cerró con un dirigente internacional debilitado que iba dejando de ser representativo de la dirección que la FIFA daba al deporte. Fue así que Salinas se incorporó a las filas de personalidades deportivas marginadas de la dirigencia al no alinearse con el pensamiento Havelange. En suma, se ve en el horizonte que el negocio se sobrepone al acuerdo de caballeros. 5.2. La resistencia del pacto y el fracaso del proyecto político deportivo Los años setenta son considerados como la etapa dorada del fútbol peruano. Y si bien contábamos con algunos de los jugadores más valiosos de toda la historia, quienes fueron capaces de hacernos delirar con su ingenio y habilidad, también aprendimos que las acciones fuera de la cancha influyen decisivamente en lo que ocurre dentro de ella. La dependencia de la estrella deportiva, que perdura durante la década y se extiende hasta 1982, oculta la increíblemente frágil institucionalidad que sostiene al deporte. Como vimos, el manejo del fútbol profesional era prácticamente premoderno y organizado en función de relaciones patrimonialistas bajo el denominado «pacto de caballeros», mediante el cual el jugador y las reglas del campo, en general, se supeditaban a las decisiones de figuras reconocidas por su estatus como dirigentes. En nuestra exploración descubrimos que esta forma de capital simbólico no se construye 117
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