El libro entre los hijos de Atahualpa : la experiencia de la Red de Bibliotecas Rurales de Cajamarca
88 temida, muy empinada, y no recordábamos para qué lado del camino se encontraba la casa del comunero bibliotecario. De pronto, desde la cima, una señora nos hizo señas para que siguiéramos subiendo; cuando lle- gamos donde estaba, la saludé y pregunté —con lo que me daba la respiración— dónde estaba la biblioteca. La señora me miró en silencio y con cara de desconcierto; entonces Juan intervino y preguntó dónde vivía el bi- bliotecario… y el desconcierto aumentó en el rostro de la mujer, hasta que dijo: «Disculpen, aquí no hablamos ese idioma». Estábamos a punto de caer de espaldas. Felizmente una niña salió de la casa, diciendo, «¡No, mamá, es la casa de don Manuel, donde están los li- bros!». Este caso nos demostró que la tarea importa más que la denominación, que el nombre no hace al anhelo, del mismo modo que el color de las plumas no levanta el vuelo del pájaro. Y que, llegado el caso, tenemos que tratar de ser más políglotas de la tierra que bilingües de la academia. Los nombres no siempre definen las acciones. En el caso de la palabra biblioteca, su partida de nacimiento es, de muchos modos, una franca limitante y, muchas veces, una confortable justificación. A nivel etimológi- co, como todos sabemos, biblioteca es la suma de libro y caja o armario , considerando que se refiere al lugar
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