El libro entre los hijos de Atahualpa : la experiencia de la Red de Bibliotecas Rurales de Cajamarca
86 No es que seamos poblaciones vulnerables: somos pueblos excluidos, discriminados, postergados. Omi- tidos. No es que estemos en riesgo de vulneración: la padecemos a diario. No es invalidez: es vilipendio. La realidad no sabe de circunloquios: los números pueden servirnos de referencia y las teorías de advertencia, pero otra cosa son la existencia y la presencia. La inserción de las miradas abiertas y sensibles, el ol- fato libre de humo, el oído sin corcho y la mano sin em- puñadura pueden ayudarnos a ver el territorio no como un concepto sino como el ambiente que nos fragua y al cual nos debemos. Es verdad que el término territo- rio puede sonar —a diferencia de tierra o terruño— un poco limítrofe y mecánicamente cartográfico, así que, como dice el trabalenguas, «el que lo descartografíe, buen descartografiador será». La primera ruptura en la relación con el territorio es la que hacemos al interior de nosotros mismos, cuando dejamos de ser sujetos coincidentes y unidos. Pasa segu- ramente lo mismo con el concepto de ruralidad: cuanto más conceptuoso se torna, más remoto se vuelve. Yo no conozco ningún campesino que diga: «Soy de la rurali- dad». Como alguien decía, el campo no es «ese horrible lugar donde los pollos se pasean crudos». Es verdad que en el campo no hay buena conexión a internet, pero hay conexión con la tierra. Y hay infinitos
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