El libro entre los hijos de Atahualpa : la experiencia de la Red de Bibliotecas Rurales de Cajamarca
77 testó: «Es que dios se muere de vergüenza por la gente que ha creado». Quizá era el único cuerdo. Jean Paul Sartre, cuya fi- losofía destacaba las nociones de libertad y de respon- sabilidad personal, decía que la vergüenza es un buen ejemplo para explicar las relaciones humanas, que no se descubre al prójimo observándolo, sino sintiéndose observado por él. Cuando le pregunté a mamá Santos —quien nun- ca había ido a la escuela— si ella también pensaba que dios andaba rojo por el bochorno, me dijo: «No creo, porque si fuera así nosotros también tendríamos que avergonzarnos de él». «Entonces, ¿de qué color es?» —le pregunté—. «No tiene color —me dijo—: dios es trans- parente». Tendría así razón el poeta libanés Kahlil Gibran cuando afirmaba que «aquel que no usa su ética como si fuera su mejor ropaje, estaría mejor desnudo». Porque lo ético no consiste en la adopción de posturas mora- les acordes con determinadas doctrinas: lo ético es una toma de posición innegociable que garantiza la integri- dad del otro más que la de uno mismo. El ámbito de la posición ética es una forma supe- rior de convivencia tanto con la sociedad como con la naturaleza. Lo antiético sería entonces tanto la injusti- cia como la codicia, tanto el abuso como el abandono,
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